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Luis Alfonso García Carmona                                      

En su monumental novela histórica Rusia, escribe Edward Rutherford, refiriéndose a los príncipes rusos en el siglo XIII: “Como no les gusta la verdad, no la reconocen”. Por ello estuvieron sometidos por siglos a los tártaros.

Entre nosotros, la cruda realidad que vivimos es desconocida a diario por el binomio Santos-Timochenko y sus secuaces. Quienes disentimos de la entrega del país a una banda de 7.000 criminales, somos unos “guerreristas”. A quienes reclamamos por el desconocimiento de la voluntad soberana del pueblo, manifestada en el plebiscito, nos califican de “fascistas”. La carencia de argumentos para tapar la verdad  los obliga a emplear la calumnia como única justificación, o a comprar a los medios para que oculten las encuestas de opinión. Ojalá no tengamos que soportar en el futuro el régimen totalitario de corte marxista-leninista que las Farc pretenden implantar, con la complicidad de sus socios y la indiferencia de otros. 

Reconocer la crisis que atraviesa el país en todos los aspectos y aceptar que fuimos engañados con el espejismo de la paz para entregarle el poder a la guerrilla y, de paso, premiar al peor presidente de nuestra historia con el Nobel de la Paz,  no es plato de buen gusto para nadie. Más cómodo parece ser enterrar la cabeza en la arena como el avestruz o distraernos con el fútbol.

Pero no podemos soslayar la gran pregunta: ¿Después de volver trizas nuestra Constitución e hipotecar las vigencias futuras del presupuesto nacional para atender las exigencias de las Farc, sí conseguimos la anhelada paz? Remitámonos a los hechos: Atentados terroristas como el reciente de Bogotá, expansión desmesurada del narcotráfico, continuación de los delitos de extorsión y de minería ilegal por parte de la guerrilla, negativa a la devolución de secuestrados y de menores reclutados por la fuerza y a la  indemnización a las víctimas, ataques a la Fuerza Pública, incumplimiento en la entrega de armas con un desarme incompleto y amañado, impunidad absoluta para crímenes de lesa humanidad.

Las mayorías colombianas - en contra de la maquinaria oficial, del derroche en publicidad, del apoyo de empresarios, curas, gobiernos extranjeros y de las amenazas lanzadas por el Presidente y sus socios farianos - dijeron en el plebiscito: “Queremos la paz pero no con los acuerdos de La Habana”. Esas mismas mayorías repiten a diario en las encuestas: ”No queremos a Santos en la Presidencia ni creemos en los acuerdos de paz con las Farc”.

Se impone, pues, convertir esa necesidad sentida y multitudinaria de la Nación en un programa que queremos llamar LA RECONSTRUCCIÓN NACIONAL porque de eso se trata: De devolver al pueblo soberano la decisión que le fue arrebatada después el plebiscito, cambiando la voluntad popular por una proposición del Congreso, con el sospechoso aval de la Corte Constitucional. En coherencia con lo anterior, deben ser derogados, mediante referendo, todas las normas dictadas para implementar los aspectos del acuerdo que quienes votamos “NO” habíamos cuestionado: El blindaje a nivel supraconstitucional del mamotreto de 300 páginas suscrito en La Habana; la creación de la Justicia Especial de Paz;  la impunidad sin pagar un día de cárcel para los responsables de crímenes de lesa humanidad; la entrega de recursos exagerados a las FARC para implantar su régimen comunista; la adjudicación de curules sin votos como premio a sus fechorías; la definición del narcotráfico como conexo a los delitos políticos; la expropiación de tierras contemplada en los acuerdos; los feudos electorales donde se prohibirá a los ciudadanos ejercer libremente sus derechos electorales porque solo podrán votar por las Farc; y, la entrega del patrimonio de las Farc y de los subsidios gubernamentales a los reinsertados, a entidades controladas por las Farc. 

Por supuesto, semejante tarea requiere de un triunfo contundente en las próximas elecciones. La coalición de quienes votamos por el “NO”, debe elegir un Presidente y unas mayorías absolutas en el Congreso. No importan, por ahora, los nombres sino el programa.

Ya se dio el primer paso con la alianza pactada por los ex presidentes Uribe y Pastrana, a la cual se unirán muchos más: Las familias de los 150.000 colombianos asesinados por la guerrilla y de los centenares de secuestrados, desaparecidos y de menores reclutados por la fuerza; los desplazados y los que fueron despojados de sus bienes a través de la extorsión ; las familias de los militares y policías muertos, heridos o encarcelados por cumplir con su deber de proteger a los colombianos; los cristianos inconformes con los acuerdos que atentan contra la familia; los maestros y demás empleados públicos que ven menoscabados sus ingresos mientras las Farc son atendidas en todas sus pretensiones; los agricultores y ganaderos preocupados por la amenaza de confiscación de sus tierras para cumplir con lo pactado en La Habana; los pobladores de las regiones, olvidados del gobierno y cansados de sus vanas promesas; los jóvenes que empiezan su ciclo laboral sin encontrar empleo en un país con el mayor desempleo juvenil de América Latina; los empresarios, grandes, pequeños y medianos, agobiados por una carga impositiva del 74% y con la incertidumbre que les genera un crecimiento económico del 1.5% que calculan los expertos para el 2016; los compatriotas que, adormecidos con la engañosa publicidad oficial, votaron “SÍ” a la paz y ahora despiertan en medio de una pesadilla; las gentes de clase media, presionadas a diario por las alzas inflacionarias, mientras su presupuesto familiar reduce su poder adquisitivo; los desempleados y sus familias, agobiados por la necesidad de una oportunidad de trabajo, cada vez más lejana.

En suma, quienes votamos por el NO, quienes lo hicieron por el SI y hoy están desilusionados, y quienes no votaron por indiferencia hacia la política o por otras razones, nos tomaremos el poder para decir NO A LOS ACUERDOS y SÍ A LA PAZ , pero con DEMOCRACIA, con SEGURIDAD y con JUSTICIA. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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