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María Clara Ospina                                  

El 22 de junio los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana anunciaron una Gran Alianza, de centro derecha, de cara a las elecciones presidenciales de 2018. Una alianza que convoca a los colombianos de bien, amantes de la paz y el orden que apoyaron el No y ganaron el plebiscito el 2 de octubre de 2016.

El amplio acuerdo congregará a diversos sectores. No solo al Centro Democrático y al Partido Conservador, sino a importantes agrupaciones cristianas, a los militares en retiro, a los católicos, a los jóvenes, a los adultos mayores, a las etnias, en fin, a todos los que desean una paz duradera y justa, sin impunidad, respetuosa de la Constitución, la democracia, las víctimas y la idiosincrasia colombiana.

A los pocos minutos del anuncio comenzaron a llover contra la nueva alianza los más agresivos, malévolos e injuriosos insultos, provenientes, precisamente de aquellos que se promocionan como los dueños de la paz y la concordia.

La izquierda recalcitrante, reunida ese día en la convención de la UP, se lanzó como una jauría contra la Gran Alianza. Gustavo Petro voceó, con el cinismo que le conocemos y al mejor estilo chavista, que se trataba de: “La alianza political de la muerte”. Eso, viniendo de alguien que con cada una de sus palabras impulsa el odio entre clases, entre conciudadanos, de un hombre que durante sus años como guerrillero impuso sus ideas a bala, es un insulto a la inteligencia de los colombianos.

Claudia López, otra supuesta “pacifista”, agredió con su usual y sucio vocabulario, a los expresidentes llamándolos “esos piscos”. ¡Bonita manera de hacer la paz! Enfurecida, gritó que ellos representan el pasado. Y ella ¿acaso es nueva en la política?

Los ataques expresados por el expresidente Ernesto Samper, el gran defensor de Nicolás Maduro y las atrocidades cometidas por su régimen contra el pueblo venezolano, son verdaderamente risibles. Pero sabemos de dónde vienen; Samper jamás podrá perdonar a Pastrana el haber destapado las contribuciones de los narcocarteles de Cali a su campaña presidencial.

Y qué tal el ministro de Interior, que pretendió, en una entrevista en televisión, apropiarse de las palabras del Cardenal, cuando se refería recientemente al: “canibalismo político en Colombia”, como si el Primado se refiriera a Uribe y Pastrana. ¡Qué manera de malinterpretar a su Eminencia!

Los insultos contra los defensores de la verdadera paz no han cesado. Los que apoyamos esta alianza hemos sido llamados de todo, carroñeros, paramilitares, asesinos, maquiavélicos, piscos, amantes de la muerte, del odio, etc., hasta se llegó a acusar al expresidente Uribe de haber puesto la bomba en el Centro Andino. A ver, ¿no son acaso estas voces iracundas las que inflaman el odio, la violencia y la venganza? ¿Son estos los supuestos pacifistas?

La Gran Alianza fue anunciada sin ofender, sin amenazar, con ánimo de discusión pacífica y concienzuda. No para descartar o ignorar los acuerdos con las Farc, sino para mejorarlos volviéndolos más aceptables a la mayoría de colombianos que hoy los ven con alarma y preocupación. Así lograremos una paz duradera. Los insultos no nos desviarán de ese propósito.

Alianzas y acuerdos políticos y una oposición fuerte son importantes y pacíficas maneras de expresarse en una democracia. Ya es hora que esas voces, esos columnistas, esos líderes cavernícolas y violentos, que piensan que solo ellos poseen la razón, lo entiendan. Aun Colombia no es una dictadura.

El Colombiano, Medellín, 28 de junio de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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