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Libardo Botero C.                                            

La II Convención Nacional del Centro Democrático, verificada el pasado sábado 6 de mayo, fue un evento trascendental en la vida del partido. Los ecos de tan crucial acontecimiento aún resuenan en el ámbito político del país. A manera de balance, quisiéramos señalar aquellos que consideramos los aportes más significativos del evento.

La primera agradable sorpresa, que nos llena de optimismo, es la cantidad y calidad de dirigentes de primera línea que brillan y se destacan, dándole tranquilidad a la colectividad y al país sobre su futuro. “Hay con quién” afrontar los duros retos del momento, dijo el expresidente Uribe, reflejando el sentir de los convencionistas y de los miles de compatriotas que seguían el evento desde fuera. A la lista de veteranos, encabezada por el mismo expresidente Álvaro Uribe, e integrada entre otros por Francisco Santos, Óscar Iván Zuluaga, Luis Alfredo Ramos, Carlos Holmes Trujillo, Fernando Londoño y José Félix Lafaurie, viene a sumarse una nueva generación, de fogosos y competentes capitanes, como Paloma Valencia, María del Rosario Guerra, Iván Duque y Rafael Nieto Loaiza. Éste último, debutó en el evento e ingresó por la puerta grande, impresionando a propios y extraños con su discurso directo, franco, fresco, atractivo.

Un logro mayúsculo fue la configuración de una sólida organización, reformando los estatutos para ajustarlos más a la realidad política actual y permitir mayor participación de los afiliados, pero sobre todo conformando los órganos claves de dirección y control, que habrán de conducir el partido en el período de lucha que se abre y velar por su transparencia.

La Convención se ocupó también de precisar el norte del accionar político del CD con miras al debate electoral de 2018. Hasta mediados de agosto habrá plazo para la inscripción de precandidatos, con el fin de esperar a que Óscar Iván Zuluaga y Luis Alfredo Ramos, si consiguen superar las trabas que les impiden salir hoy a la palestra, se sumen al abanico de precandidatos. Abanico que, señaló Uribe, en una primera etapa debería contraerse a un número reducido de alternativas, tal vez dos solamente, para que entre ellos escoja el partido democráticamente su vocero y cabeza.

Pero el paso de mayor calado, sin duda, fue la determinación clara y contundente de buscar una gran alianza de fuerzas diversas, con candidato único a la presidencia, para conquistar el poder en el 2018. La presencia de líderes no pertenecientes al CD, de signo político tan diverso como el ex vicepresidente Angelino Garzón, de izquierda democrática, y el ex procurador Alejandro Ordóñez, conservador, por invitación directa del presidente-fundador del partido, Álvaro Uribe, no solo fue muy bien recibida, sino que señaló una ruta a seguir, amplia e incluyente, para lograr el cometido de la candidatura única en la primera vuelta.

Fueron reiterativos Uribe, Ordóñez, Garzón, lo mismo que los precandidatos, en esa tónica, agregando al espectro de fuerzas y personalidades que deberían sumarse, las del ex presidente Andrés Pastrana, la ex candidata conservadora Marta Lucía Ramírez, representantes de las víctimas de las Farc como la senadora liberal Sofía Gaviria o Herbin Hoyos, dirigentes liberales y juristas como Jaime Castro, el ex ministro y ex senador Juan Lozano, pastores y sacerdotes cristianos y católicos, militares en retiro, sindicalistas y líderes sociales. Con muy buen tino la Convención aprobó, a instancias del ex presidente Uribe, la pronta conformación de una comisión que se dedique a concretar esa tarea, tan indispensable como urgente.   

Algunos han manifestado su preocupación por varios debates que la Convención suscitó, y no faltan los que desde otras orillas los toman como signo de división. Por el contrario, el partido demostró que tiene una sólida estructura y un firme liderazgo, acompañados de las naturales discusiones y pujas, propias de un gran partido democrático. Son síntomas de vitalidad y empuje, no de debilidad o decadencia.

Como su nombre lo indica, como se desprende del arsenal de postulados y ejecutorias de Álvaro Uribe Vélez, la fuente indiscutible de su doctrina, y como lo ratificaron todos los precandidatos, el CD es un partido de centro, de “puro centro democrático” como llegó a sugerir el presidente-fundador en su momento. Se ha nutrido de gentes provenientes del liberalismo –como el mismo Uribe-, del conservatismo –como Fernando Londoño-, de distintas agrupaciones de izquierda, y está abierto a seguir recibiendo miembros de la más variada procedencia, siempre que se identifiquen con sus postulados básicos, de seguridad democrática, estado comunitario austero, confianza inversionista, entre otros. Algunos se sentirán más de derecha, otros más de izquierda, y están en su derecho, pero la definición básica está trazada y nada sugiere en el ambiente que pueda o deba modificarse.

En medio de la discusión de los estatutos, precisamente, la Convención se ocupó de precisar que el partido, en lugar de ser una agrupación cerrada y cerrera, mantenía las puertas abiertas a quienes incluso en el pasado –aún cercano- hubieran mantenido posiciones discrepantes o antagónicas, pero ahora decidieran acoger sus planteamientos. Alguien propuso, con tono sectario, descartar a quienes hubieran respaldado el SÍ en el plebiscito del 2 de octubre. Tanto Uribe como Pacho Santos reaccionaron ante tan inoportuna sugerencia, y reiteraron, por el contrario, la disposición de acoger al 80% y más de los defensores del SÍ, arrepentidos, para la nueva batalla que se avecina, que exige sumar y no restar. Quedaron relegadas entonces, así mismo, por intransigentes, las posturas de quienes cabalgan sobre el pasado político e ideológico de determinados dirigentes o militantes, para descalificarlos o sembrar dudas sobre ellos.

Un lugar común en la casi totalidad de las intervenciones en la asamblea, fue el tema del gobierno desastroso de Juan Manuel Santos en todos los órdenes, pero sobre todo la oprobiosa entrega a los narcoterroristas, ya sellada en el caso de las Farc, en ciernes en el caso del Eln. Precisamente la coalición que se pretende tiene como objetivo central derrotar el año entrante el propósito de perpetuar esa entrega del país, para que Colombia pueda recuperar el rumbo. Abundaron en este sentido las sugerencias de los oradores. Desde convocar una Constituyente que reconstruya el andamiaje institucional, como lo sugirió Ordóñez, pasando por distintas medidas que bloqueen la imposición de los acuerdos de La Habana y obliguen a recomponerlos (como eliminar la conexidad del narcotráfico con el “delito político”; someter la JEP a la estructura de la rama judicial; revisar la impunidad otorgada a los criminales; revivir la extradición para delitos internacionales, por ejemplo), hasta simplemente “hacer trizas” los acuerdos con las Farc bajo el entendido de que no tienen ni una línea rescatable.

Aquí también, el partido tiene definidos los criterios desde la campaña misma del plebiscito. Respalda, como es apenas lógico, que se otorgue amnistía e indulto a quienes sean merecedores de ellas en el marco de la Constitución, y que se otorguen rebajas de penas (pero que haya penas efectivas de privación de libertad y proporcionales a los delitos cometidos) a los autores de graves crímenes, como en su momento se hizo con los paramilitares. Pero discrepa de concesiones inadmisibles, como impunidad de hecho y total para todo tipo de delitos (incluidos los de lesa humanidad y de guerra), elegibilidad política sin el pago de penas, concesión gratuita de curules, aplicación de una “justicia transicional” separada de la ordinaria y conformada a gusto de los terroristas, equiparación de las fuerzas militares y los criminales, prebendas inadmisibles al partido que organicen los desmovilizados, entre otras.

Aunque esa línea quedó firmemente acogida por la Convención, hay un asunto que, a mi modo de ver, quedó en el aire, sin resolver. Muchos pensamos que es muy arriesgado esperar hasta la llegada de un nuevo gobierno para recomponer los puntos cruciales de los acuerdos de “paz”, porque ya se habrían creado situaciones irreversibles, se habría avanzado demasiado en el camino de la entrega. Por tal motivo hemos compartido la sugerencia, proveniente del CD, de adelantar ahora un referendo derogatorio de al menos dos normas vitales: la que puso en vigencia la JEP y la que elevó el acuerdo de La Habana a norma supraconstitucional. ¿Significa esa omisión de la Convención que el partido esperará, sin mover un dedo, hasta después de agosto de 2018 para ocuparse de estos temas, contando con que obtenga la victoria? ¿O, de todas maneras, se lanzará a dar la batalla ya, para desmontar la ignominiosa imposición? Esperamos que Uribe y la nueva dirección despejen la incógnita.

Publicado en Columnistas Nacionales

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