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Libardo Botero C.     

Este sábado 6 de mayo es la Convención Nacional del Centro Democrático. Evento que está llamado a trazar directrices claves para brindarle al país alternativas de solución a la grave crisis en que se halla sumido, por las amenazas derivadas del acuerdo Santos-Farc, y por el deterioro en todos los órdenes de la vida nacional.

La dirección nacional ha fijado un temario que contempla asuntos medulares de la vida del partido, que van desde la reforma de los estatutos y la elección de una nueva dirección, hasta la definición de la estrategia a seguir en los comicios de 2018. Sobre todos esos puntos, y tal vez sobre algún otro de interés, quisiéramos esbozar algunos comentarios. Estar un poco alejados de la vida interna de la colectividad probablemente nos priva de algunas informaciones y enfoques, necesarios para acertar en los análisis, pero a la vez nos facilita una visión más amplia, despojada de intereses o inclinaciones particulares.

La reforma a los estatutos, primer aspecto que quisiéramos comentar, contiene avances innegables, pero, vistos en perspectiva, son apenas un escalón en la búsqueda de una organización más moderna, democrática, fuerte, dinámica. Pensamos en un partido con una estructura vigorosa de afiliados, que sean la base de su actuar, y que le impriman el sello democrático que lo debe distinguir. Todavía percibimos que la conformación de los órganos máximos de dirección carece de esa fuente en alto grado y que, simultáneamente, su poder es desproporcionado. Serán cosas que habrá que ir componiendo en el futuro.

De igual manera se observa en el proyecto que se presentará a la Convención, que pululan los artículos y parágrafos transitorios, sobre temas que no debieran ser de orden estatutario, sino que corresponden a definiciones políticas que competen a la misma Convención o la dirección que salga elegida. Valga aceptarlo por el momento, pero debieran depurarse más adelante.

La elección de una dirección nacional por consenso, que sea representativa de las distintas fuerzas políticas que se mueven en el interior del partido, pero a la vez con una variada composición regional y social, es una necesidad del momento, que logrará seguramente amplia acogida. Ya llegará la hora en que, contando con una afiliación numerosa y participativa, se pueda apelar a ella para la integración de buena parte del liderazgo del partido.

Es muy positivo que se establezca en los estatutos que las listas a corporaciones deben ser cerradas. Se colige de lo propuesto, que la de Senado al menos será cerrada el año entrante, y que la política para las demás (Cámara, Asambleas, Concejos) es que también lo sean, aunque por excepción y consultando realidades locales, se autorice a los organismos regionales o municipales –con la debida consulta a la dirección nacional- que opten por listas abiertas. Siempre hemos pensado que lo ideal es que todas sean cerradas y que, para evitar el llamado “bolígrafo”, se apele a consultas internas, en las cuales todos los aspirantes puedan participar en igualdad de condiciones y se surta adentro, en primaria instancia, el llamado “voto preferente”.

Esto último, de nuevo, nos remite a la organización del partido, la carnetización masiva que lo convierta –como la realidad lo está indicando- en el primer partido del país, no solo por votos sino por afiliados. Y a un esquema de funcionamiento que atraiga a las gentes, de manera que se sientan partícipes reales de la vida y suerte del partido, porque tienen cabida, sus opiniones cuentan, reciben información y formación, en fin. Así las cosas, todos los aspirantes a cargos de elección popular (a corporaciones públicas o uninominales) podrían definirse a través de debates y consultas internas, sin tener que apelar a mecanismos poco idóneos como los acuerdos entre sectores, o el guiño del presidente Uribe, o, peor aún, las encuestas o consultas en que participen personas ajenas a la colectividad.   

En todo caso, pese al estado precario de la organización -no excusable, pero explicable en parte por su juventud-, dada la urgencia de adoptar una decisión impostergable, es atinado lo que se propone para la escogencia del candidato presidencial a presentar en 2018. La Convención delegaría en la dirección nacional “y el consenso de los precandidatos”, la determinación del mecanismo para seleccionar el candidato. A renglón seguido se autoriza, “en una segunda etapa” buscar una coalición con otros partidos y fuerzas, con los cuales sea posible conseguir coincidencias programáticas y políticas.

Diversos sectores dentro del partido, y no pocos de fuera, venimos repicando hace cerca de un año en la necesidad de esa coalición o gran alianza, para alcanzar el triunfo en el 2018, la meta fundamental de toda esta estrategia política. En el curso de los meses ha brotado el nombre de Frente Republicano, como sugerencia de la denominación que podría tener ese acuerdo nacional. Si bien es entendible que el Centro Democrático aspire a tener su candidato presidencial, y a que éste, muy probablemente sea el de la coalición, dada la condición de primera fuerza de oposición en la actualidad, no debe perderse la mira principal de concretar la coalición e inclusive, para correr menos riesgos, tratar de obtener la victoria en la primera vuelta y no tener que ir a una segunda.

No tenemos claro lo que significaría que la coalición se materialice en una “segunda etapa”: si habría que esperar a las elecciones parlamentarias y después, según los resultados allí cosechados pensar en un candidato único de esta alianza; o si se está pensando, lo que sería todavía más riesgoso, en esperar a la primera vuelta y buscar entonces el respaldo al candidato del CD, si supera ese escollo (o eventualmente, si no se supera esa vuelta, adherir a otro candidato, el menos malo, como quien dice, “del ahogao, el sombrero”). Cualquier de esas opciones es factible, pero en general no son las más recomendables.

Hay una especie de consenso entre los analistas y entendidos en cuanto a que el próximo debate electoral lo decidirán coaliciones. Quien juegue a irse solo hasta el final, corre el gran riesgo de salir del juego. Riesgo acrecentado por las amenazas que se expresan en la reforma política que urde el gobierno bajo control de las Farc, y por el interés de las fuerzas que defienden los acuerdos de La Habana de sacarlos avante así se hayan de llevar de calle la institucionalidad y las mayorías que los rechazan. Con ese panorama al frente, no nos parece lo más apropiado dejar eso de la coalición republicana para una “segunda etapa”.

Se nos ocurre, y así nos atrevemos a sugerirlo, que el proceso de conformación de ese gran frente se inicie desde ya. Que vaya paralelo a la definición interna del mecanismo para escoger candidato propio. Y que, inclusive, si sus desarrollos lo permiten o lo exigen, que se adelante la escogencia de un candidato único de la alianza, antes incluso de las elecciones parlamentarias.

Es una tarea urgente, ardua, pero no imposible. Y que debería ir de la mano con la conjugación de esfuerzos para derrotar los pilares de la “implementación” o imposición de los acuerdos con las Farc: el desarrollo del referendo derogatorio que ha anunciado el presidente Uribe y que esperamos que se presente a la Convención, para darle inicio al recorrido. Reiteramos en ese sentido la idea de una “firmatón” para acelerar el proceso de recolección de firmas, con miras a que el citado referendo pueda ser realizado este mismo año.

De todas maneras, adelantar tan titánica tarea no será cosa sencilla. Se requiere decisión y claridad al respecto. Y que alguien se eche al hombro esa responsabilidad. Una persona con toda la visión, el reconocimiento, las relaciones, que le permitan adelantar con éxito las gestiones necesarias. Aunque ha trascendido desde ayer que el doctor Rafael Nieto Loaiza piensa presentarse como precandidato del CD, para lo cual tiene todos los méritos, en estos últimos días hemos pensado, a tono con la propuesta que en este mismo periódico hiciera nuestro columnista Héctor Hoyos Vélez, que Nieto Loaiza podría ser esa persona que se consagre a la tarea de darle vida al Frente Republicano, que tan brillante y certeramente él mismo ha venido promulgando y defendiendo. Supondría ceder una aspiración personal por la búsqueda de un bien superior, no lo dudamos, pero la recompensa para Rafael –como para el país-, a la larga, sería inconmensurable. Si no es él, que sea otro de similares dotes y carácter, pero la tarea no da espera.

Publicado en Columnistas Nacionales

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