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Carlos Salas Silva    

Abril de 2017 lo recordaremos como el mes en el que los venezolanos iniciaron la lucha final contra la tiranía. Treinta días continuos de manifestaciones ha superado cualquier expectativa. Los colombianos las seguimos día a día y vemos, con profunda admiración, los gestos de heroísmo y, con dolor en el alma, todo el sufrimiento causado por la represión del régimen oprobioso de Maduro. Para nosotros es de inmensa significación lo que acontece en el país hermano porque nuestro destino está íntimamente ligado al de ellos.

Mientras los colombianos marchamos un solo día, el primero de abril, los venezolanos, en cambio, llevan ya más de un mes de marchas y protestas. “El que se cansa pierde” fue la arenga con la que, hace tres años, Leopoldo López unió a sus compatriotas en una sola voz y es la que alienta a continuar la difícil lucha que ahora pasa por su momento más crucial cuando el pueblo se fortalece ante la arremetida brutal de todo el aparato estatal de represión que muestra claros signos de fatiga. Un día frente a un mes es lo que hace la diferencia entre la pasividad de quienes estamos siendo apenas encadenados y la acción de los que están ya rompiendo las cadenas.

No es comprensible que teniendo el desastre de Venezuela como ejemplo y presenciando día a día como se le entrega el país a las FARC, no sigamos el ejemplo de nuestros sufridos hermanos y salgamos a las calles a exigir la destitución del pichón de tirano, que es en lo que se ha convertido el presidente Santos. Pero así son las cosas y a todos nos termina llegando el turno. Ya, por lo menos, tendremos la certeza de que llegada esa hora no seremos menos que ellos, de eso estoy seguro y Santos está sobre aviso.

Durante ese histórico abril, los abusos cometidos por las fuerzas represivas de Maduro fueron evidentes mientras que acá se cometían otros de inmensa gravedad. En Venezuela fue en las calles, ante la mirada de millones en el mundo, y en Colombia en el Congreso, apenas con uno que otro espectador consternado. Los cometidos allá tenían como finalidad sostener una estructura que se cae a pedazos, los de acá para construir una estructura similar con una diferencia fundamental, el castrochavismo tenía un suelo más sólido en Venezuela que hoy en Colombia. Ni Castro ni Chávez, creadores de este monstruo que arrasó con Venezuela y pretende arrasar con Colombia, están vivos. Se nota el desgaste del socialismo del siglo XXI en América Latina que están implantando en Colombia que debilita seriamente los cimientos de esa estructura. La complacencia de Estados Unidos quedó en el pasado y se convierte en una amenaza latente para los sátrapas que permanecen en el poder en el continente a los que ni siquiera les será de utilidad que el Papa Francisco quiera favorecer ese nefasto modelo, ya hay un rechazo notorio hacía esa injerencia por parte del pueblo latinoamericano. Pero lo que debilita principalmente ese suelo es la manera como se tambalea la tiranía en Venezuela poniendo en riesgo la supervivencia del comunismo en Cuba. No es lo mismo contar con el petroleo de Chávez que con la coca de las FARC.

Y en ese suelo es sobre el que están construyendo su estructura de poder Santos y las FARC. Una inmensa mole cuyos planos se encuentran en cada una de las páginas de un ilegitimo acuerdo impuesto a las malas. 

Por otro lado, es importante anotar  el papel que juega la oposición en Colombia que  se ha caracterizado por la lucha continua e incansable de sus lideres. No hay día en el que esa resistencia baje la guardia contando con personajes de la talla de Álvaro Uribe y Fernando Londoño, por poner los ejemplos más sobresalientes entre muchos otros valientes y decididos defensores de la democracia y la libertad. Estos dos personajes, desde sus estratégicas posiciones, han estado atentos a la manera como se construye esa estructura sin perderse detalle alguno. Conocen los puntos débiles y, llegado el momento, sabrán donde golpear para que se caiga en pedazos tamaña monstruosidad. 

Un suelo pantanoso, unos cimientos corroídos y una estructura monstruosa como la que están levantando Santos y las FARC, no tiene otro destino que el de derrumbarse. ¿A que costo? A uno inmenso, como el pagado por Venezuela, si no la tumbamos antes de que sea demasiado tarde y se crezca tanto que al caer sus escombros dejen solo desolación.

Publicado en Columnistas Nacionales

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