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José Alvear Sanín                                     

En 2007, Planeta publicó Las Farc, el fracaso de un terrorismo, de Eduardo Mackenzie, politólogo, historiador y periodista colombiano, refugiado en París por su vertical defensa de la democracia colombiana.

La actualización de esa obra, por desgracia, tendría que aparecer ahora como “Las Farc, el triunfo de la infiltración”, porque en los últimos siete años, la traición entregó el Estado a una eficaz quintacolumna, hasta el punto que una subversión derrotada es ahora cogobierno y espera lograr todo el poder dentro de muy pocos meses. Ya tienen supraconstitución, poder judicial  propio y revanchista, legislativo de abyecta obediencia, todos los medios masivos de comunicación, control de la educación, mientras los últimos diques se tambalean: unas Fuerzas Armadas, desmanteladas material e ideológicamente, y una jerarquía católica minada por la teología de la liberación y la deriva izquierdista del neovaticano.

Las 477 páginas del texto, tan bien escritas como documentadas, soportadas en 1015 referencias puntuales tomadas de documentos irrefragables, de la prensa nacional y extranjera, de amplia bibliografía, de despachos diplomáticos, etc., forman uno de los libros más importantes para interpretar la historia de Colombia. Así como el desenvolvimiento de este país no puede entenderse sin la lectura de Grandes conflictos económicos y sociales, de Liévano Aguirre, texto demoledor de tantos mitos sobre la Colonia y el siglo xix, esta historia de las Farc destruye incontables fabulaciones sobre el siglo xx. Señala certeramente los principales causantes de la violencia política, que son los mismos desde la huelga de las  bananeras, pasando por el 9 de abril y medio siglo de subversión, guerrilla y narcoterrorismo, sin olvidar el palacio de justicia.

Las páginas sobre las bananeras, el asesinato de Gaitán y la toma del palacio son del mayor interés, porque el autor revisa todas las falacias políticamente correctas que hacen carrera como verdades, obnubilando las nuevas generaciones, adoctrinadas, además, en un pensamiento único.

No obstante falta en el libro, a mi juicio, mayor censura a la actuación pérfida del gobierno de Belisario Betancur, precursor, ineficaz por suerte, de la actual entrega santista a la subversión.

Ahora bien, la obra que comento es de importancia capital cuando una Comisión Oficial de la Falacia se apresta a imperar una historia obligatoria desde la escuela primaria hasta los más altos posgrados, a la cual habrán de rendir acatamiento la academia, los medios y la literatura, para no hablar del consiguiente índice político de libros prohibidos, de censura cultural y expurgación de bibliotecas y archivos.

Las sucesivas revoluciones, al triunfar, establecen aparatos publicitarios cada vez más eficaces. Así ha ocurrido desde la Francesa, que tuvo hasta en Lamartine y Thiers, expresión literaria incomparable. La revisión de esa historia terrible comenzó tan pronto hubo pasado la larga pesadilla, al conocerse en Francia las Mémoires pour servir à l´histoire du jacobinisme”, del abate Barruel, cuya primera edición, de 1797, había tenido que aparecer fuera del país.

Ojalá la inmensa obra de Eduardo Mackenzie, en libros y prensa, contribuya positivamente a alertar el país, de tal manera que nos ahorremos la repetición de la tragedia venezolana. Si aquí se nos termina de imponer el esquema Timo-Santos, con fast track y fraude electoral,  los colombianos apenas podrán volver a leerlo cuando la tragedia ya haya pasado, tras largas y amargas décadas. En ese escenario, bien verosímil, este libro sería como el de Barruel, descubierto algún día, ya como documento histórico imprescindible.

La lectura de esta magnífica y valiente obra nos exige no desmayar en la lucha para preservar la democracia y la civilización, expuestas “como  nunca antes” en un país ocupado políticamente por sus peores enemigos.

Publicado en Columnistas Nacionales

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