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Darío Ruiz Gómez                                          

Pensar es poner en cuestionamiento aquello que nos es transmitido como una verdad incuestionable. Somos modernos porque preguntamos y al preguntarnos tenemos la evidencia de que siempre estamos comenzando de nuevo. Como Sísifo que una vez alcanza la cima debe de nuevo ascender la cuesta con la roca sobre sus espaldas.

El místico, San Juan de la Cruz por excelencia, está recordándonos que quien aspira al conocimiento debe adentrarse en lo que él llama “la noche oscura” Pensar por lo tanto es un riesgo peligroso y es propio de cretinos aceptar como verdad lo que hoy se nos impone a través de medios de comunicación que desconocen nuestra diaria andadura por los caminos de la realidad.

La realidad digital nos ha aislado de la verdad y alejado para siempre de la belleza y nos ha negado el derecho a certificar  por nosotros mismos si quien nos habla es la Voz esperada o el resonar de una máquina. El siglo XXl con todas sus atrocidades nos sigue mostrando los horrendos  caminos que puede alcanzar la intolerancia ejercida ahora  por fanáticos que obedecen  a dogmas políticos, mostrados como la vía para alcanzar “la felicidad”  a conseguir,  no mediante el esfuerzo  que dignifica sino mediante  la humillación  que envilece la condición humana.

¿Cómo puedo  restarle su alcance de condenable escándalo moral,  recurriendo a las técnicas de desinformación,  a un atentado terrorista que dejó en Bogotá tres policías muertos y treinta heridos? ¿Qué clase de lenguaje puede  disimular  este desafuero?  Este es el cuestionamiento que he venido planteando al preguntarme sobre el lenguaje que debe surgir de unos acuerdos de paz que, sin eliminar  la desconfianza, la suspicacia, no podrían sellar una reconciliación.  Pero no solo eso. ¿Cuál va a ser el lenguaje para entendernos con las olvidadas víctimas dejadas a un lado en las conversaciones? Hemos entrado en aquello que desde el Renacimiento se denominó el “horror vacui” es decir en espacios que al perder su significado o al carecer de la capacidad para producirlo nos dejan en la zozobra  interior de no saber en dónde estamos ubicados: ciudades, pueblos, territorios no son ya nuestro significante  sino nuestro sufrimiento ante la consciencia de haber entrado en la diáspora. ¿Mediante cual lenguaje podrían  hablarle   a la población ofendida, el gobierno, la clase política asociados como están a la mentira, a la corrupción? La corrupción del lenguaje tal como lo analizan  Krauss  y Orwell  conduce irremediablemente de la democracia a la dictadura.

No olvidemos que hemos pasado de lo real a la realidad digital y esta dictadura  se establece  para instrumentar la mentira virtual. ¿Sabe alguien dónde queda Mocoa?  El caso reciente de desinformar, utilizado para tratar de borrar el encuentro de Trump con los expresidentes Uribe y Pastrana,  es una buena muestra de suplantación de los hechos, de las dificultad para  acceder  a un lenguaje que nos permita buscar  la  verdad en una cleptocracia. Pero hablamos no de la crisis de la comunicación entre seres perseguidos  capaces de crear  códigos  secretos, sino de la crisis del lenguaje político tal como lo plantea magníficamente Mark Thompson, Director del “New York Times” en su magnífico texto publicado por Debate, “Sin palabras ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la  política?” en  el cual analiza  esclarecedoramente  las irracionalidades del lenguaje político, la necesidad y el valor del silencio y la razón.    

Publicado en Columnistas Nacionales

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