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Jaime Jaramillo Panesso                                 

Noticias de las ciudades, incluida Medellín, informan del abandono en las calles de los ancianos, por razones económicas, vale decir, porque las familias en su incapacidad de ingresos suficientes, los lanzan al cemento de las aceras. O acaso sea la falta de afecto y respeto por el ser que no aporta dinero para la subsistencia. Medir a los padres o a los abuelos por la pensión o la jubilación o por  la falta de ella es descender en la escala de lo humano. Así lo hacen algunas fieras de la selva con los jefes ancianos de la manada.

Todos los viejos son el resultado de la existencia, del trabajo y de haber puesto a germinar la semilla de la vida. El viejo carga el recuerdo de lo construido y la memoria  de lo vivido. Con él va el sello de las cosas, de las personas que van desapareciendo y que forman los anaqueles de lo que fue y que nunca volverá a ser. En las rendijas de su frente se esconden la historia minúscula de la familia que puso la primera piedra del barrio, la carta engastada en el medio del temor escrita a su hijo el soldado bachiller, el día inicial de su labor como obrero textil, la noche aguda en que su mujer daba a luz la primogénita. Ningún joven del milenio alcanza a comprender el pozo de sabiduría ordinaria que hay en cada cana del anciano silencioso que queda en la soledad de su fatiga.

Por cada ciudadano que logra obtener su pensión, se necesita al menos un joven que con su trabajo y aporte garantice la cadena alimenticia de los que dejan de trabajar por la edad. La humanidad está condenada a morir dentro de algunos miles escasos años cuando hayamos llegado al límite del consumo de los recursos naturales. Ahora somos 7.300 millones de individuos. ¿Qué va a pasar cando lleguemos a los 30.000 millones de habitantes de este planeta? No se podrá ordenar por la autoridad mundial de la ONU, restringir o eliminar por unos años el crecimiento demográfico porque los viejos se quedarían sin respaldo pensional. Estamos condenados  a morir como especie a lo largo de los siglos. Mientras tanto preocupémonos de administrar las pensiones y la sobrevivencia decente de los beneficiarios.

Los colombianos estamos frente a una revisión urgente del sistema pensional. Nos encontramos ante la variedad de formas de aportes y liquidaciones, comenzando por señalar que la población que está por fuera de esa esperanza, es mayoritaria. Un hombre sabio, Jorge Humberto Botero, Presidente de Fasecolda, ha dicho: “Estamos ante una catástrofe social. Una gran proporción de los colombianos que van a tener una vejez pobre, la vejez es el principal factor de la pobreza del país. De hecho, el gasto que el Estado debe hacer para la pensiones es superior  a lo que se invierte en educación, defensa o salud.”

En efecto, un país donde el trabajo informal es la base laboral de nuestra gente, funciona como un cuarto vacío para efectos acumulativos de los futuros e inmediatos pensionados. El retroceso en el crecimiento industrial es un fallo en la cadena del sistema. A menor empleo formal, más fallido el fondo pensional acumulativo. Una economía mediocre y extractiva nos conduce hacia la mediocridad, igual a los gobernantes.

Los viejos sin pensiones y abandonados por sus familias en muchos casos, deambulando en su senil olvido, sometidos a la condición  de pordioseros, será un cuadro social –ya lo es- que nos debe conmover para realizar el ajuste necesario en el sistema. Los gobernantes no deben sacarle el cuerpo a este problema para dejarlo como herencia al próximo.

Publicado en Columnistas Nacionales

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