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Rafael Guarín                                  

Cuando se habla de desmantelar las FARC como aparato violento y criminal hay que mirar a Venezuela, un asunto sobre el cual el Acuerdo de La Habana no dice nada.

¡Por fin! Terminó la pasividad en la región frente al régimen criminal del chavismo. Pasó el tiempo en que el alto precio del petróleo puso a nadar en dólares a la revolución bolivariana y le concedió los instrumentos para una eficaz diplomacia. Con su fin se acabó el entusiasmo por la revolución, la financiación de campañas en la región y los mecanismos que empleaban para aumentar la influencia y expandir ese autoritario modelo.

Se acabó la época en que un bloque de países dirigidos por seguidores o camaradas de Chávez, cobijados por un discurso antiimperialista, determinaban qué pasaba en el continente, ¡claro!, en el continente sin EEUU. El balance es un desastre. La región retrocedió en garantías democráticas y libertad. Sólo hasta ahora la Carta Democrática Interamericana resucitó. La habían archivado con la complicidad del nefasto gobierno de Obama y con su política exterior que bendijo la dictadura castrista. Todo lo que está pasando en Venezuela tiene responsables y en su momento deberá hacerse el juicio histórico.

En la región el único gobierno que se opuso de frente a la contaminación chavista fue el de Álvaro Uribe. Le dará cólico a más de uno al llegar a este párrafo, pero es la verdad. Sólo durante ese gobierno se denunció el peligro que para la democracia en la región representaba la “revolución bolivariana”, la misma que no dudó en aliarse con los principales regímenes promotores del terrorismo en el planeta y establecer relaciones con aparatos terroristas (Ver El desnudo de la alianza Chávez - FARC). Convirtieron a Venezuela en un santuario del terror, desde ETA, Hamas, Hezbollah, FARC y el ELN contaron con apoyo activo de su régimen (Ver La tenaza farchavista). En Colombia, la resistencia duró hasta que Santos llegó y se convirtió en en un sostén más del despotismo chavista.

¿En qué quedó la verborrea chavista? ¡En verborrea! En demagogia, corrupción, populismo, violación sistemática a los derechos humanos, represión, ataques a la libertad de prensa, eliminación de la independencia y separación de poderes, fraude electoral, pobreza, miseria, hambre y filas, filas y más filas. Era un fracaso anunciado. Destruyeron la libertad económica, estigmatizaron la iniciativa privada, atacaron la propiedad individual, persiguieron la inversión y a los inversionistas, criminalizaron la prosperidad y aniquilaron a la clase media. Se necesitaban pobres, más pobres para mantener el control social. En lo político, pretendieron imponer un pensamiento único, al estilo de todas las dictaduras comunistas quisieron edificar un hombre nuevo, restringieron la libertad de expresión, utilizaron a los jueces para encarcelar a quienes piensan diferente y demonizaron la oposición democrática y pacífica.

Pocos fuera de Venezuela se atreven a defender ese modelo, solo algunos que usufructuaron el régimen, los que amasaron millones en corrupción y los “enchufados”. De resto, solo fanáticos y trastornados extremistas de izquierda, entre los cuales están las FARC. En la etapa final de la negociación en marzo de 2016 calificaron a Chávez como el “líder indiscutido de la justa causa de los pueblos” y como uno de sus “más importantes referentes”. Un año antes indicaron que era “uno de los máximos representantes de los intereses populares de nuestra América”. ¡Respiran chavismo puro!

Esa organización le debe mucho a la revolución bolivariana, no solo fusiles, sino financiación, territorios de retaguardia, riqueza proveniente del narcotráfico administrado conjuntamente con el cartel de los soles, de generales mafiosos. Chávez les dio el aire internacional en lo político para que se mantuvieran ante los éxitos de la Política de Seguridad Democrática y, en lo puramente militar, les concedió ayuda sin la cual el quiebre de su aparato violento hubiera sido mucho más acelerado.

Los vínculos de las FARC con el desastre que vemos en las calles de Caracas y en toda Venezuela es genético. Lo llevan en el adn. FARC y chavismo son una sola cosa. Ese grupo reivindicó desde el primer día de la victoria de Chávez esa revolución y la hizo propia. Pretendían ser los jugadores de la construcción de la “Patria Grande” en Colombia (Ver Las otras armas de Chávez) y agentes de la expansión revolucionaria, incluso promoviendo en otros países la guerra de guerrillas en el marco de la Coordinadora Continental Bolivariana, fundada en ese país. Ese proyecto se frustró gracias a la heroica operación militar contra el campamento de Raúl Reyes, al destaparse todo su entramado.

Las FARC juegan como locales en territorio venezolano. Ya nadie se acuerda que en los computadores de Reyes consta la cooperación en adiestramiento en guerra de guerrillas y milicias que le dieron al régimen de Chávez, también, cómo convirtieron el Fuerte Tiuna, una base militar, en un lugar de protección de cabecillas de la guerrilla. Mientras acá secuestraban, masacraban y reclutaban niños, los del secretariado, comenzando por Timochenko, pasaban de lo lindo en ese país.

Las FARC con armas, como las FARC sin armas, que en esencia son la misma cosa, tienen claro que su norte es el modelo revolucionario de Venezuela. Lo admiran, le tienen devoción, sueñan con él, !los excita! Márquez quisiera ser Maduro y el ciego Santrich daría todo por ser Diosdado. Creen que el sueño socialista y el destino inevitable de Colombia es la imposición de esa revolución. Están convencidos que lo pueden lograr a partir del cumplimiento de los Acuerdos de La Habana, pero omiten que Timochenko no es Chávez, Colombia no es Venezuela y las FARC, antes que nada, siguen y seguirán siendo para la inmensa mayoría de colombianos un grupo asesino que no le alcanzará lo que resta de siglo para pagar por sus crímenes.

Cuando se habla de desmantelar las FARC como aparato violento y criminal hay que mirar a Venezuela, un asunto sobre el cual el Acuerdo de La Habana no dice nada. ¿Van a entregar el aparato económico, las inversiones, las propiedades y las cuentas que tienen en ese país? !Obviamente no! El Presidente Santos sigue mudo. ¡Se hace el bobo! Habló de un inventario de 14 mil armas de ese grupo y tres semanas después la ONU indicó que sólo llegaron cerca de 7000 a las zonas de ubicación. ¿Dónde están las restantes 7000? ¿Las devolvieron a las Fuerzas Armadas Bolivarianas de Venezuela? ¿Las entregaron a las milicias que aterrorizan en Caracas? Una cosa sí es cierta, la revolución ya se cayó, solo falta por caerse Maduro. Y una vez esto se complete y en Colombia llegue un Gobierno que restablezca la autoridad y el orden, no quedará ninguna piedra que los esconda o los proteja de una justicia verdadera.

Semana, Bogotá, 19 de abril de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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