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Jaime Jaramillo Panesso                               

Toda la energía administrativa y sancionadora de las alcaldías del Valle de Aburrá, con el sello sobresaliente de iluminada genialidad, se aplica al llamado Día sin Carro, de origen en el acuerdo del Concejo Municipal de Medellín. Y ni qué decir del vicealcalde que dirige el Área Metropolitana.

 Con la grandilocuencia propia del que ha descubierto el agua tibia, nadie del gabinete municipal ni del departamental se opone a esta determinación. Como tampoco lo hicimos los ciudadanos del común,  porque era un ensayo, cuando se inauguró. Para gloria de todos ellos, se trata de que el Día sin Carro cambie los efectos de la emisión de gases del planeta Tierra y del valle de Aburrá. ¡Medellín va cambiar el planeta! ¡Medellín va a influir sobre la atmósfera universal y es la primera ciudad del mundo donde sus habitantes van a respirar aire puro durante once horas! ¡Una gran conquista, una hiperbólica noticia! Al día siguiente la oficina de prensa del Alcalde informa que se rebajó la emisión de partículas contaminantes en 45%. Una verdad de Perogrullo. A menos que, con esta demostración técnico científica, se vaya al corazón del almendrón: la Alcaldía, en uso de sus facultades legales y mentales, prohíbe la venta de vehículos automotores que funcionen con gasolina, Acpm y otros carburantes, cualquiera que sea su marca o su destinación. Además, solicita el Alcalde de Medellín al Gobierno Nacional un decreto que cierre las fábricas de ensamble y fabricación de automotores, al igual que su importación. Se ordena, además, la chatarrización de todos los autos privados que no sean eléctricos.

Para ser consecuentes con las metas que tiene el Concejo y la Administración municipal de salvar el planeta Tierra, el Día del Árbol no es para sembrar arbolitos y poner a los niños a distinguir las semillas de aguacate comparándolos con los huevos de un elefante, sino haciendo pronunciamientos de fondo: ¿Cuántos árboles de la Amazonia (sin tilde) o de los bosques de Finlandia se cortan para convertirlos en papel periódico en el cual se publican las ediciones diarias de El Colombiano, El Tiempo o el N.Y. Times? Como los árboles son la renovación de la atmósfera, los enemigos del CO2, la Alcaldía y el Concejo municipal, si son concordantes con la salvación del planeta (Medellín la innovadora, puño en alto! ¡Salvaremos el planeta azul y la especie humana!) emitirán normas para prohibir la prensa escrita, por un día dominical, la cual será decomisada, requisada, porque su demanda de papel conduce a la deforestación.

 Estas festividades ecológicas, como el Día sin Carro, son sentimentales y faltas de inteligencia, porque no producen sino resultados momentáneos e imposibles de sostener de manera indefinida. Se dirá que es para tomar conciencia del fenómeno. Y es cierto. La ciudadanía es consciente del problema del clima, de la desertización de la tierra, de la problemática del agua potable, etc. Los ciudadanos no somos estúpidos, como probablemente lo son quienes juegan a la ecología, mientras la ciudad de Medellín y sus vecinos gastan en monumentales delirios de renombre mundial, cuando no tenemos vías, puentes, túneles y carreteras para elevar la calidad de vida en movilidad. Las soluciones al medio ambiente global como la contaminación por los gases de los automotores ( y no olvidar la que producen los aviones en la capa superior que cubre el orbe, o los barcos, también con motores de combustión en los mares) es una tarea de toda la humanidad, de todos los estados. Una minúscula ciudad enclavada en las montañas terminales de los Andes no va a cambiar el mundo.

“Necesitamos ciudades para la gente, no para los carros”. Pero esa meta necesita una planeación que no logramos en Medellín en varias décadas, cuya población está asentada, mayoritariamente, en laderas que exige motores para su transporte, quizás tranvías eléctricos para una gran circunvalar en los cerros vecinos. Una ciudad para la gente y no para los carros es una consigna que se vierte en los carros particulares, que son apenas una parte minoritaria del asunto, porque los buses, volquetas, taxis y motocicletas tienen un peso mayor a resolver. La ciudad que se perfila en el Valle de San Nicolás de Rionegro debería ser objeto de este planteamiento a la mayor brevedad, por parte de la gobernación y las alcaldías pertinentes. El Día sin Carro trae millonarias pérdidas comerciales que son motivo de descalificación por los “ecólogos” fundamentalistas. No saben los miles de empleados que allí laboran. Perjudica a los universitarios, colegiales y párvulos. Perjudica también a los enfermos y a los pacientes pobres que no pueden transportarse en colectivos donde no tienen piedad por la masa laboral estresada con la jornada “heroica” del Día sin Carro.

La estupidez oficial democrática nos ha impuesto  salvar, desde el Medellín Sublime, de tapa azul en la boquilla, al planeta Tierra, mientras en la ONU, asombrados, convocan a la Asamblea General extraordinaria, porque Medellín, por arte de magia y de la inteligencia paisa, descubrió que en un Día sin Carro, se rebajaba la emisión de partículas contaminantes. ¡Eureka!

Publicado en Columnistas Nacionales

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