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Eduardo Mackenzie                                         

La segunda fase del combate del pueblo colombiano en defensa de sus libertades y contra el régimen ilegítimo de Juan Manuel Santos, y de su comparsa, las Farc, ha comenzado. Las marchas y manifestaciones pacíficas de ayer en 20 ciudades de Colombia, y en algunas del exterior,  fueron un éxito indiscutible y abrieron, quiéralo o no Santos,  un nuevo momento político: el país pasó a la ofensiva contra el desmadre que ha creado Santos con sus pactos con las Farc. El país le dijo a Santos que se retire del cargo. Que no lo aguanta más.

Si Santos sigue atornillado al poder, si pretende ignorar de nuevo la voluntad del pueblo soberano, éste tendrá que salir de nuevo a las calles y plazas y movilizarse para paralizar realmente el país, si es necesario, hasta obtener satisfacción.

El robo de los resultados del plebiscito del 2 de octubre creó esta dinámica de lucha. Los amigos de las Farc creían que no habría resistencia,  que la palabra “paz” paralizaría las mentes. Mal les fue. El país probó que se ha puesto en marcha y que no renunciará a su noble objetivo hasta obtener satisfacción.

Las multitudes gritaron en todas partes: “¡No más Santos!”, “Fuera Santos”, “Defendamos la democracia” y “Salvemos a Colombia del castro-comunismo”. Ello demuestra que el robo de Colombia no se hará sin que las mayorías salgan al combate que les pinten. Santos y Timochenko desafían la ira popular y creen que con subterfugios y cortinas de humo adormecerán al pueblo. Santos concedió todo lo que le exigía el narco terrorismo, y lanzó a la cara de los ciudadanos un pacto de vil capitulación en regla. El país leyó lo que decían esos mamotretos. Y vió, en el espejo venezolano, lo que le espera si acata ese Frankenstein de papel.

La respuesta fue dada ayer ante los ojos del mundo: Colombia quiere ponerle fin a esa pesadilla. No quiere ver a los jefes de las Farc y del ELN cogobernando con Santos, primero, y después apoderados de todo: del ejecutivo, de la justicia, del parlamento, de las fuerzas armadas, de la educación, de la juventud, de la familia, de la libertad de cultos, de los territorios nacionales, de la economía, de la vida rural y campesina, de las fronteras y de las relaciones exteriores. El comunismo armado colombiano busca eso desde los años 1940 y siempre fracasó. Pero desde los primeros contactos clandestinos con Santos en Cuba y en Noruega, en 2012, se puso a ganar y a desbaratar los resortes morales y espirituales más profundos del país. De ahí la bronca popular. De ahí los resultados de ayer: se acabó el juego. No más confusión. O son ellos o somos nosotros. Y son ellos los que saldrán de la escena política. No queremos otra Venezuela ni otra Cuba en Colombia.

Es lo que dijeron los manifestantes, civiles de todas las condiciones y reservas activas de las heroicas fuerzas armadas. Y eso es lo que Santos y su prensa corrompida quieren ocultar. Se concertaron para hacer creer, sobre todo en el exterior, que la ciudadanía salió a las calles por objetivos subalternos, como criticar “la corrupción”, los sobornos Odebrecht, el “desgobierno”,  para hacer “campaña electoral”, o para pedir “ajustes” al pacto Santos-Farc. Esos elementos, si bien hacen parte de las motivaciones psicológicas de muchos manifestantes, no fueron lo central. La motivación esencial es la que decían las multitudes y los oradores: no queremos el caos venezolano en Colombia, el pacto Farc-Santos es nulo, no queremos saber más de Santos, el hombre que utiliza la presidencia de la República para arrastrar su patria a un abismo.

Ayer fueron creadas las condiciones para que un frente único republicano sea formado, por fin, entre las fuerzas políticas que salieron a pedir la renuncia de Santos. La hora exige generosidad y perspicacia, y reclama superar los individualismos. Pide dotar a la población de una sólida organización en cada barrio, en cada departamento, para informar al país y al mundo, para contrarrestar las mentiras del gobierno, para preparar las luchas que vienen. Pues vienen y con fuerza. No hemos ganado nada hasta que Santos siga en el estadio. La hora no es para  dedicarnos a buscar un candidato. Pues las elecciones de 2018 no serán limpias si este régimen podrá controlarlas. ¿No aprendimos con lo que ocurrió en 2010 y en 2014? Primero a lo primero.  Ayer fue destituido Santos, como dijo desde una tribuna el ex ministro Fernando Londoño. Hagamos realidad eso.

Publicado en Columnistas Nacionales

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