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Libardo Botero C.                                 

Juan Manuel Santos tiene hoy más fama de mentiroso que de pokarista. Y muy bien ganada. Para el común de los colombianos, cuando el presidente niega algo es porque es cierto, y cuando afirma cualquier cosa con toda seguridad es falso.

Son tantos sus embustes y tan recurrentes, que sería complicado tratar de precisar el de mayor calado. Sin embargo, en mi modesta opinión, con el que sí “la sacó del estadio” fue con aquel de que “me acabo de enterar”, a propósito de los enredos tenebrosos de corrupción que asedian a su gobierno.

Para el consumo de los fletados del tiranuelo, tan burda disculpa tiene su valor. Les da un motivo de “tranquilidad” y concita la “solidaridad” con el supuestamente engañado. Pero para la gente ajena a las intrigas y prebendas de los círculos dominantes, se constituye no solo en una maniobra barata sino en una afrenta.

Desde la época de Ernesto Samper sirvió muy bien, además, para crucificar a sus lugartenientes y salvar la cabeza del presidente. Un Congreso hartado de sinecuras y canonjías no dará paso a la más mínima acusación contra la dignidad del primer mandatario. La capacidad de retaliación de la cabeza del ejecutivo, por otra parte, es un poderoso disuasivo para que los ejecutores de las tropelías urdidas desde arriba se atrevan a levantar su dedo acusador y revelen la verdad.

Ya lo hemos presenciado, de entrada, en dos episodios tempranos del escándalo monumental que se ha desatado con los sobornos de Odebrecht. El señor Otto Bula, amenazado de extradición desde Palacio, luego de sus primeras declaraciones, corrió presuroso a enviar una carta manuscrita –todo indica que redactada por terceros- para negar lo que acababa de aseverar: que un millón de dólares de coimas de Odebrecht los había entregado a la campaña de Santos en 2014. De la misma manera el señor Roberto Prieto, intermediario de la anterior trapisonda, y ejecutor de otras muchas, luego de afirmar en entrevista radial que Santos estaba al tanto de sus ejecutorias, a las pocas horas corrió a llamar a la misma cadena radial para desmentirse y salvar a su patrón.

De todos modos los hechos son tozudos. Sobre todo en este caso en que no se trata de un episodio excepcional y aislado, sino de una suma asombrosa de trasgresiones y delitos, que no cesan de aparecer con cada día que pasa, y que sugieren por tanto que se trataba de una empresa criminal organizada, que actuaba coordinada, acatando planes acordados. En tales circunstancias, cuando a través de los años las mismas personas actuaron de manera delictuosa en múltiples oportunidades, es inconcebible que el jefe de la banda fuera el único que no estuviera enterado. Esa es la primera consideración para establecer que es muy difícil, por no decir que imposible, que Santos no supiera. Un repaso somero, quizás desordenado, de las infracciones y atropellos cometidos nos lleva a esa conclusión. Veamos.  

Ya en la época del proceso 8.000 el señor Roberto Prieto trabajaba en publicidad para campañas presidenciales, y recibió pagos en dólares de la de Samper. En 2010, no solo como publicista sino como director de la campaña de Santos, recibió por debajo de cuerda 400 mil dólares de Odebrecht para los afiches, sin que fueran registrados en las cuentas de la campaña. Para entonces, además, la empresa Marketmedios de la familia Prieto, era contratista de publicidad del pulpo brasileño por 1.044 millones de pesos. En 2012 la misma firma familiar participó nada más ni nada menos que en un contrato por 50.000 millones de pesos, a propósito de la Cumbre de las Américas, con el gobierno de Santos. Luego vinieron los comicios de 2014. Casualmente por la época de la accidentada reelección de Santos, se le entrega a Odebrecht, por un “otrosí”, el contrato de la carretera Ocaña-Gamarra, por un valor de 900.000 millones de pesos. En agradecimiento, la multinacional entrega 4,6 millones de dólares en sobornos a través de Panamá, de los cuales se sabe que un millón fueron monetizados por Otto Bula y llevados a Prieto. Se ha sabido también que Odebrecht hizo llegar a la firma de publicidad Sancho, a través de Panamá, otro millón de dólares para “una encuesta” para la campaña de Santos. Los impolutos señores de Interbolsa contribuyeron a la misma campaña con 150.000 dólares, que tampoco figuran en la rendición de cuentas. Gustavo Rugeles, el acucioso periodista, ha descubierto el manejo de cuentas secretas en Panamá, de la misma campaña, en bancos como el Citybank N.A y St. Georges Bank. El mismo periodista ha informado al país, episodios como el de Juan José “El Gordo” García, adinerado gamonal “parapolítico” de Bolívar, que entregó en billetes 1.000 millones de pesos a la campaña de Santos, en Cartagena, al mismo Prieto. Y las investigaciones del portal La Silla Vacía, sobre los ríos de billetes que corrieron en la región Caribe en la segunda vuelta, son aplastantes, con conocimiento y gestión directa de Prieto y de Vargas Lleras. Las visitas constantes de Prieto a la ANI, para gestiones de las que sabemos de Odebrecht y otros contratistas, no dejan lugar a dudas. Sin contar la plata del BID que aprovechó su familia. Y para cerrar el recuento: la firma de los Prietos ha tenido, en el segundo mandato de Santos, al menos tres contratos multimillonarios directos de la presidencia.

Entonces, si el beneficiario de tan abundantes gestiones –a la vez que otorgante de tan suculentos contratos a su empleado- no sabía, es porque es un estúpido redomado –todo menos eso es Santos-, o es un cínico, mentiroso y estafador sin escrúpulos. Todo apunta a lo segundo. Pese a sus impostadas negaciones, las evidencias de la responsabilidad dolosa de Santos empiezan a salir a la luz pública. Apenas son atisbos, pero han sido tantos y tan graves los estropicios y los comprometidos en los ilícitos, que no tardarán en salir nuevas evidencias.

Una trascendental, en mi opinión, que los medios oficialistas –en uno de los cuales apareció- ha querido sepultar, provino precisamente de uno de los más reconocidos escuderos del presidente: el periodista Daniel Coronell. Que algunos de los más recalcitrantes defensores del régimen empiecen a trastabillar, es otra señal de que el barco está haciendo agua y las alimañas se apresuran a abandonarlo.

En su columna en la revista Semana, el pasado domingo, “Visitas guiadas”, Coronell relató que había solicitado a la presidencia la relación de las visitas de Roberto Prieto al Palacio de Nariño durante el gobierno de Santos. Le respondieron que hizo 39, aunque se queja de que, extrañamente, está absolutamente incompleta la información. En todo caso, expresa, que “el despacho que más frecuentaba era el del Jefe de Estado”. Y agrega: “En 2014, el año de la reelección, las visitas se hicieron más frecuentes.” “Después de las elecciones hay una  febril actividad del señor Prieto…”.

Pasa Coronell a buscar coincidencias con otros acontecimientos y no tarda en hallarlas. “Por cierto, por esas mismas fechas [después de elecciones] Roberto Prieto fue a visitar a su oficina al director de la Agencia Nacional de Infraestructura ANI, Luis Fernando Andrade, para hablarle de la vía Ocaña-Gamarra. Según me dijo Andrade en un mensaje de texto ʻEl interés de Prieto fue a partir de julio del 2014. En ese momento los trámites pendientes eran externos a la ANI.ʼ (Ver mensajetexto.jpg) Externos significa que estaban en manos del CONPES, el CONFIS, el Ministerio de Hacienda y Planeación Nacional. Es decir del alto gobierno. El jueves 2 de octubre de 2014, Prieto vuelve a visitar al Presidente. La reunión duró casi dos horas. (Ver visita al PresidenteOct2014.jpg).” Como ese mismo día, 26 de marzo, un diputado antioqueño encontró una coincidencia no tan casual en una de esas visitas de Prieto, Coronell en Twitter se vio obligado a trinar: “Prieto visitó a presidente @JuanManSantos el mismo día que el Conpes aprobó Ocaña-Gamarra”.  ¿Hay algún margen de duda? ¿Santos no sabía nada? ¿Se reunía con frecuencia con Prieto, y sobre todo en fechas tan precisas, a hablar de fútbol o de póker?

Otras pruebas seguirán saliendo a flote, de eso no me cabe duda. Sin descartar que el mismo Prieto, como Coronell, en algún momento se decida a soltar la lengua, y atienda el llamado del abogado y escritor Abelardo de la Espriella: “Canta Robert, canta”. Así tituló su última columna semanal, en la que lanza ácidas sindicaciones, que ratifican que Santos sabía todo, pero ha presionado a Prieto para que calle. No resisto a reproducir sus aseveraciones más agudas, a propósito de la entrevista de Prieto con Blu Radio:

“Mis fuentes –que son muy serias– me cuentan que, en más de una ocasión, Roberto Prieto hizo de tripas corazón, para contener las lágrimas y las frases incriminatorias. Una reunión previa en el palacio presidencial evitó que la mentada entrevista fuera el escenario para el reconocimiento de toda suerte de crímenes. En la Casa de Nariño, Prieto no se encontró directamente con el presidente, pero sí con alguien muy, pero muy cercano a este, que lo convenció de mantenerse firme en medio de la tempestad. De no ser por esa “charla desinteresada”, Roberto Prieto habría incriminado a Santos de manera expresa, tal cual lo hizo en su momento Santiago Medina con Samper: frente a un medio de comunicación.”

Y continúa: “Al final de la entrevista, Prieto recibió en su celular un mensaje de voz a través de una app especial (que él cree que es segura porque los audios se borran), en el que una voz femenina le agradecía con encomio su valioso silencio. Al colgar, Prieto no pudo aguantar más y rompió en llanto, cual niño desconsolado. Si Roberto Prieto dijo lo que dijo, tratando de proteger al presidente, y aun así dejó perfectamente evidenciado que Santos sabía todo, imagínense ustedes, queridos lectores, lo que pasaría si contara la verdad real acerca de los hechos oscuros que rodearon la financiación de las campañas del primer mandatario.”

Santos sabía. Y no sabía porque se enteró en algún momento. No. Sabía, sobre todo, porque era la cabeza de la confabulación. Razón son más que suficiente para que el país esté exigiendo que renuncie. Que salga de inmediato de la presidencia. Que será el grito de combate que lanzaremos millones de gargantas este 1 de abril en todas las calles de Colombia. Y que no cesará hasta que llegue el día, tal vez no lejano, en que el inquilino de la Casa de Nariño abandone por indigno el solio del Libertador.

Publicado en Columnistas Nacionales

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