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Libardo Botero C.       

Estados Unidos y la ONU lo han confirmado hace unos días: los cultivos de coca en Colombia siguen creciendo y seguramente ya sobrepasan las 200.000 hectáreas. Somos de nuevo el “rey de la cocaína” del mundo. En 2012, al iniciarse el proceso de “paz”, según Naciones Unidas, eran solo 48.000 hectáreas. El área se ha más que cuadruplicado. Una tragedia para el país.

Las razones son claras. Lo sabemos de sobra en Colombia, pero lo ha ratificado sin ambages el Departamento de Estado norteamericano: de un lado, por el debilitamiento de la lucha contra la droga por parte del gobierno de Santos (suspensión de fumigaciones aéreas y reducción radical de la erradicación manual) ante exigencia de las Farc, y de otro lado, por la orden perentoria del grupo narcoterrorista a sus frentes de impulsar los cultivos de la hoja en todo el país.

Esto último, dizque para que los campesinos se beneficiaran con los jugosos subsidios estatales a la hora de la erradicación “voluntaria”, luego de firmados los acuerdos de La Habana. Pero la cosa va más allá. Los beneficios de los cultivadores en este negocio maldito son exiguos, lo señalan los expertos, y no llegan al 1% de las ganancias totales. El grueso de los beneficios se genera en los restantes eslabones de la cadena, hasta llegar a la distribución al menudeo en Estados Unidos y Europa (y ahora también en nuestro mismo país).

Y aquí es donde viene la única observación certera sobre el asunto: las Farc son las principales beneficiarias de este monumental y desvergonzado negocio, que debe haber engrosado sus faltriqueras como nunca antes, y sigue haciéndolo sin que se avizore fin cercano. Examinemos un poco los guarismos básicos.

Empecemos por decir que no es cierto lo que afirman las Farc, como lo ha declarado en estos días alias “Iván Márquez”, que su relación con el narcotráfico ha sido solo la “impuestación” (extorsión) a los cultivos, el llamado “gramaje”, para apoyar la “rebelión”. Investigadores, agencias de inteligencia, declaraciones de reinsertados y otros miembros de las Farc, comprueban que desde finales del siglo pasado ese grupo delincuencial decidió participar en todas las etapas del negocio para poder participar más decisivamente en la ganancia. La Fiscalía tiene un voluminoso expediente, divulgado a mediados del año pasado, donde se detalla ese fenómeno de manera contundente.

Pero no solo las Farc participan en todos los procesos (cultivo, recolección, producción de base de coca, transporte y venta en el exterior), salvo talvez la distribución minorista en otros países, sino que son el principal cartel del país (y probablemente del mundo). Según fuentes serias, el control del negocio en el país por este grupo supera ampliamente el 60%. Por ende, es de suponer que sus ganancias no distan mucho de la tercera parte del total de las que genera el tráfico en Colombia, que es el principal productor del mundo (con más del 90% de los abastecimientos a los países consumidores).

Aunque hay discusión sobre las cifras precisas de hectáreas sembradas, de la productividad de esos cultivos, de las toneladas de coca refinada y exportada (descontando las incautaciones), apoyándonos en fuentes confiables podemos indicar que las sumas que se mueven son impresionantes. Digamos que de una hectárea de coca se pueden obtener, en cada cosecha, luego del procesamiento químico, unos 6,8 kilos de coca pura, y que al año cada cultivo puede dar unas cinco cosechas: o sea entre 30 y 35 kilos de coca procesada por hectárea/año. Si Colombia había logrado reducir a poco más de 400 toneladas al año la exportación de coca al comienzo de este gobierno, como fruto del combate a semejante flagelo por el gobierno de Álvaro Uribe, ya ese total puede estar llegando a las 1.200 toneladas.

Si las Farc controlan los dos tercios del comercio de coca, deben exportar más de 800 toneladas. El precio del kilo en puerto colombiano, dicen los expertos, se está moviendo entre 5 y 7 mil dólares. Luego, por los bolsillos de los narcoterroristas pueden estar circulando al año, a ojo de buen cubero, entre 4 y 5,5 mil millones de dólares. Si no me fallan las cuentas, equivaldrían a unos 12 a 15 billones de pesos, al cambio actual. Habrá que descontar “gastos”, claro está, pero de todos modos las utilidades que de allí se desprenden tienen que ser fabulosas. Odebrecht es una lagaña de mico, en comparación.

El año pasado la revista británica The Economist publicó un informe que causó mucho revuelo, sobre las finanzas de las Farc ("Unfunny money" -"Dinero sin gracia"-, abril 15 de 2016). Afirmaba, con base en un estudio secreto del gobierno colombiano (que Santos negó, aunque forzó la salida del director de la UIAF que filtró el dato a la revista), que la fortuna de las Farc al inicio de los diálogos de La Habana, en 2012, se ubicaban en 10.500 millones de dólares, unos 33 billones de pesos. Por entonces los envíos de coca al exterior apenas rebasaban 400 toneladas métricas al año. Hoy las exportaciones se han triplicado, el dólar ha pasado de $ 1.800 a $ 3.000, y los “gastos” de la “guerra” (con el cese al fuego) se han reducido a nada. Además, las “tropas” insurgentes están siendo pagadas por el gobierno. De allí puede colegirse lo que serán los inmensos caudales atesorados por las Farc.

Y claro, aprovechando la claudicación inicua de Santos y su gobierno, los facinerosos se cuidaron de que en el pacto habanero no se contemplara la devolución de un centavo de esa riqueza. Así como la inclusión del narcotráfico como “conexo” con el “delito político”, que por tanto será amnistiado e indultado en el marco de la JEP. Amén de que no se perseguirá penalmente a los productores, y que la presunta sustitución de cultivos será “voluntaria”, a través de negociaciones interminables con las “comunidades”, con la asesoría de las Farc. Ni siquiera se ha aceptado, pese a las presiones del Fiscal, que la permanencia de los cultivos y su explotación, se considere un delito de “ejecución continuada” que deba pasar a la justicia ordinaria. De suerte que los capos narcoterroristas podrán seguir explotando el negocio hasta que transcurra el “período de transición”, una década o más, con una fuente de recursos incalculable e inagotable.

Como se ve, tras las conversaciones de La Habana se ocultaba el más espantoso y tenebroso negocio criminal de nuestra historia. Santos lo permitió y las Farc lo aprovechó al máximo. Como concedió también que no tengan que entregar laboratorios, precursores, rutas, contactos ni nada del perverso negocio, ni lo atinente a la minería ilegal y otras siniestras actividades criminales. Sin olvidar que 1.200 de los malhechores más avezados de la banda serán armados como guardia pretoriana de sus “comandantes”, dotada y pagada por el Estado.

De tal suerte que, cuando las Farc se conviertan en organización política legal, serán, sin más atenuantes, el único y auténtico narco-partido armado de Colombia, el más rico y peligroso que nadie imaginarse pueda.

Por eso, entre otras razones, marcharemos el 1 de abril. Para dar el primer paso en grande que logre salvar a Colombia de semejante amenaza.

 

Publicado en Columnistas Nacionales

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