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Carlos Salas Silva                                    

Ya conocemos las consecuencias de permitir que gobernantes espurios se mantengan en el poder porque les da la gana. Lo vivimos con Samper y ahora, en doble ración con Santos.

Un país en vías de desarrollo, con todas las ventajas para que sus gentes desplieguen todo su potencial, queda en un estado de letargo a un costo inmenso. Comenzando el siglo XXI con un gobierno que activó ese potencial alcanzamos a tener grandes sueños a la altura de nuestro compromiso histórico. Uno de los más apremiantes, el de terminar con la pobreza, se veía a la mano. La promesa, luego de tantos esfuerzos, de una prosperidad democrática permitía que los colombianos soñáramos con el propósito claro de convertir lo soñado en realidad.

El peligro estaba en que, sin una segunda reelección de Álvaro Uribe, se subiera cualquiera al poder. Se cumplieron nuestros peores temores de la manera más terrible. No fue cualquiera el que se montó a punta de engaños, sino el peor de los peores. Difícil encontrar alguien con las nefastas cualidades de Juan Manuel Santos todas juntas. Los hay picaros y traidores, mentirosos y truhanes, perezosos y muy zorros, hipócritas y resentidos, etc. pero que tengan a la vez el sinnúmero de nefastas condiciones que anidan en Juan Manuel Santos, es improbable encontrarlos por más que se busque entre quienes hacen de la política un ejercicio de la maldad.

Amodorrados, empendejados, paralizados, atontados nos mantiene este señor con sus juegos de tahúr con los que oculta su ineptitud y nos conduce al desastre. ¿Cómo un pueblo aguerrido y luchador que no se amedranta ante el peligro, tolera que un tipo de tan poca altura moral e intelectual sea quien lleve las riendas de la nación? Eso es algo imposible de entender y las generaciones siguientes van a reclamar una explicación.

La copa se rebozó hace rato y el grifo de la corrupción, el de la traición y el de la mentira sigue abriéndose cada vez más y más sin importar que sus infestas aguas se derramen por doquier. Tan sólo un pueblo hipnotizado permitiría tanta podredumbre de un gobierno. Por más que los poderes hayan sido secuestrados por el sátrapa para sostenerse en su falso trono, no es suficiente razón para que un pueblo libre no proceda a deponerlo.

Con la certeza de que si Santos acaba su mandato también acaba con el país no podemos hacer otra cosa sino la de tener claro que eso no lo permitiremos. Para ello tendremos que poner toda nuestra mente en una idea, la de que el espurio presidente va a renunciar de su cargo. Nada puede detener a un pueblo cuando este se propone un objetivo común y menos si este implica una cuestión de sobrevivencia.

Nos merecemos dirigentes de la mayor altura que de ninguna manera toleren que los dineros del estado sean botín de maleantes, que antepongan las necesidades de sus gentes a sus vanidades, que tengan el coraje de enfrentar a los enemigos de la patria y que conduzcan al país por vías de desarrollo y crecimiento.

No podemos tolerar situaciones como esta. Santos tiene el deber de renunciar y el nuestro es el de exigírselo permitiéndole que con ese gesto de entereza alcance a restaurar una parte de su muy deteriorada imagen ante el mundo con quien tiene una inmensa deuda de confianza. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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