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José Alvear Sanín                                

Pocas conductas merecen tanto desprecio como la traición, porque quebrantando la fidelidad y la lealtad debidas, bien sea al núcleo familiar o a los coterráneos, a los compañeros en un servicio, asociación o negocio, o a la patria, destruye, separa, amarga y pervierte.

Sin desconocer la gravedad de esta conducta en los ámbitos corrientes de la vida, se considera alta traición la que se comete contra la soberanía, el honor, la seguridad o la independencia del propio país.

Nadie extraña entonces que Dante sitúe a Judas y a Bruto y Cassio en el más profundo círculo del infierno. Cada uno de nosotros tiene su propia lista de traidores. En la mía, por ejemplo, figuran Benedict Arnold, Vidkun Quisling, el banquero Sigmund Wartburg, los collaborateurs franceses, varios generales colombianos y algunos obispos al servicio del comunismo y la teología de la liberación.

Con frecuencia Juan Manuel Santos es señalado de traidor, pero como la figura es difícil de tipificar, para muchas personas el actual presidente escapa por un pelo a ese calificativo.  Con el fin de esclarecer el asunto, los doctores Mariano Ospina Hernández, Enrique Gómez Hurtado e Ignacio Valencia López, el 20 de junio de 2016, lo denunciaron ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, por traición a la patria, en un escrito de implacable lógica, que, desde luego, ha sido obliterado por los grandes medios fletados que desinforman al país.

 El silencio sobre esa acusación continuó hasta el pasado 7 de febrero, cuando los tres denunciantes fueron citados por la Fiscalía para una diligencia de ratificación.  En esa ocasión no solo se ratificaron sino que añadieron otros tres cargos: 1. El desconocimiento del resultado del plebiscito. 2. La entrega de 26 sectores del territorio nacional a las Farc, y 3. La violación del deber de protección a la niñez en todo el territorio nacional, por la omisión del presidente en reclamar la entrega de los menores secuestrados por esa organización guerrillera.

El país tiene derecho a conocer la denuncia a que nos referimos.  Por eso quiero destacar los siguientes puntos:

-Pactar clandestinamente con quienes por décadas consecutivas han manifestado que su objetivo es implantar el comunismo en Colombia, para lo cual han sometido a nuestra nación al más largo martirio, la garantía de la más amplia impunidad de la que se tenga noticia, adornándola nada menos que con el otorgamiento de plenos derechos políticos, ¿no es traición a la Patria?

 -Otorgarle a una banda de las peores características criminales, empresarios mundiales y del narcotráfico, considerados internacionalmente como terroristas de alta peligrosidad, el tratamiento de contraparte al mismo nivel del estado colombiano, ¿no es traición a la Patria?

 -Pactar con el crimen el apocamiento de las facultades del congreso colombiano, y crear en su reemplazo las facultades para poder complacer la voluntad del enemigo, ¿no es traición a la Patria?

-Equiparar la función de la fuerza pública encargada de defender la nación con los criminales y los delincuentes y debilitar así todos los elementos de la defensa nacional, para garantizar la supremacía del crimen, ¿no es traición a la Patria?

-Establecer tribunales con vigencia retroactiva para someter a juicio a las personas que los criminales quieran quitar del medio, ¿no es traición a la Patria?

 -Institucionalizar en una nación democrática, cuyo sistema juró defender el señor Santos, la violencia, el saboteo, el secuestro, el reclutamiento de niños, y todos los otros atroces delitos que cometen los bandidos, como un medio eficaz y triunfante de hacer política, ¿no es traición a la Patria?

Desde luego, los denunciantes poco esperan de la famosa Comisión de Acusaciones.  La traición avanza, imparable, a medida que el país es entregado a los enemigos de la democracia, con la complicidad de personajes como los fementidos negociadores del gobierno, los obsecuentes ministros, los magistrados pérfidos, los congresistas venales, los insensatos empresarios, los obispos acomodaticios, los militares pusilánimes y los comunicadores falaces: ¡indigno amasijo criollo de collaborateurs!

                                                                                              ***

Quienes deben renunciar al conservatismo no son los ofendidos por un directorio traidor, sino sus indignos jerarcas actuales. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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