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Juan David Escobar Valencia                                      

“Nuestra ciudad hace lo mismo con los hombres y con el dinero. Tiene hombres honrados y de valía. Tiene también monedas de oro y plata pura, ¡pero no las usamos! Circulan las de cobre y baja ley. Lo mismo pasa con los hombres de vida intachable y buena fama, que son arrumbados por los de latón”. De la comedia “Las Ranas” de Aristófanes.

Es un logro de la democracia poder expresar nuestras opiniones abiertamente. Como señaló magistralmente George Friedman hace pocos días, ello puede considerarse como un “bien público”. Pero una de las amenazas a la viabilidad de los bienes públicos es que algunos consideran lo público como el espacio para comportarse como en lo privado no se permite, el sitio para deshacerse de sus inmundicias, pero escondidos en la oscuridad y en el anonimato.

La libertad de poder comentar sobre lo que otros opinan es un avance que celebramos y defendemos, pero así como los espacios públicos se llenan de delincuentes que acechan ocultos, los espacios para hacer comentarios se están convirtiendo en tribuna blindada para que encapuchados anónimos insulten a quienes damos la cara, ponemos nuestro nombre y foto.

El anonimato puede ser una necesidad en una sociedad sin libertad, un mecanismo favorable para el tratamiento de adicciones o algún problema que su fase inicial de recuperación se vea afectada por demasiada exposición, incluso es una virtud cuando se quiere hacer el bien a otros o felicitarlos sin generar un compromiso de respuesta o retribución.

Pero insultar en el anonimato es de cobardes. Es una señal de su poquedad, de que su complejo de inferioridad es tan grave que no dan su nombre y apellido para que los demás no se sepan lo que él o ella ya saben en privado. Son las maneras de a quienes les gusta hacer y todo se les haga por la espalda.

No coincido con quienes dicen que la validez de un mensaje no tiene absolutamente nada que ver con quién lo diga. La identificación del emisor hace parte del contexto, sin el cual la eficiencia de la comunicación se ve comprometida. Por eso no creo en los “honorables terroristas” que beben y bailan con los miembros de la ONU, y ahora resultaron mejores que los ciudadanos de bien, dan cátedra de justicia, legalidad y dicen dónde pueden ir o no las autoridades.

Cuando a un encapuchado en un seudónimo se le da la oportunidad de insultarte a raíz de tus opiniones en vez de controvertir el argumento, uno se pregunta: ¿Si él semanalmente dice que soy un estúpido, él que es “tan inteligente” para qué me lee? ¿Quién será este cobarde anónimo: un envidioso que se sabe insignificante, alguien con gastritis existencial, alguien que se cree un justiciero enmascarado como el Llanero Solitario o Batman, o alguien a quien los medicamentos siquiátricos no le están obrando adecuadamente?

¡Den la cara! La mía no es bonita pero no me encubro para opinar.

El Colombiano, Medellín, 09 de enero de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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