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Eduardo Mackenzie                            

Escuché con atención la entrevista radial que el ex ministro Fernando Londoño Hoyos le hizo, el 28 de diciembre pasado, en La Hora de la Verdad, a Iván Duque, senador del Centro Democrático. Fernando Londoño quería que el posible candidato presidencial uribista expusiera su “visión de Colombia”.  Fuerte fue mi decepción al escuchar las respuestas del parlamentario. En lugar de un diagnóstico claro de la situación del país, de sus problemas globales más graves e inmediatos y de las soluciones a eso, Duque ofreció una colección impresionante de frases, recetas y aforismos angelistas que nadie impugna, como sacadas del Manual del Buen Político.

El precandidato de 40 años habló de las cuatro líneas de su hipotético “plan de gobierno”, y de temas genéricos como la necesidad de ir hacia un “Estado austero y eficiente”, de aumentar la “competitividad de las empresas”, de mejorar la “equidad social”, de realizar un  “plan de choque contra la corrupción”, de “reducir el Estado”, de Malasia como modelo de desarrollo económico,  etc. Duque peroró también acerca de una serie de sub puntos conectados con dicha temática pero jamás abordó, ni evocó siquiera, el problema principal de Colombia: el tremendo peligro que representan  para el país las nuevas facultades del poder santista, los pactos de éste con las Farc y, sobre todo, la implementación en 2017 de la trasferencia de poderes prevista en los textos redactados en La Habana, y sus devastadores efectos sobre las instituciones, la economía, la justicia, la sociedad civil y las libertades del país.

Nada de eso fue tratado en el diálogo en La Hora de la Verdad. Increíble. Esos asuntos parecen haber sido evacuados radicalmente del imaginario del senador Duque. La “visión de país” que él dice tener de Colombia es inquietante. Durante la hora y media de la conversación, el asunto de las ambiciones y movidas de Timochenko, del Eln, de las bandas “disidentes” de las Farc, del tráfico de drogas, y de los apetitos de las dictaduras vecinas ante la actual coyuntura, no generó una sola proposición. Tras oír al senador Duque queda la impresión de que eso de las Farc es cuento viejo, es una quimera, un problema superado, algo que ocurrió en otra época y en otro país y que la única tarea del CD son las elecciones en 2018 y que lo central es debatir en salones y platós de televisión cómo hacer “la revolución de las pequeñas cosas”, cómo “generar empleos dignos” y cuánto énfasis habrá que darle a la “sostenibilidad ambiental”.

Ante el ambiente psicológico creado por Santos y las Farc, y el cuento de que Colombia está en fase de “postconflicto” y que por eso todo cuestionamiento de los “acuerdos de paz” será enfrentado como una “violación” de los “compromisos adquiridos”, Iván Duque tiene enormes dificultades para salir de ese barril de melaza ideológica. Se muestra incapaz de designar el enemigo y de convocar a Colombia a un combate político y militar, difícil pero impostergable, para destruir los planes subversivos en marcha. 

Lo mínimo que podría ofrecer un candidato presidencial uribista es reconocer que el riego existe, que una entidad armada (el totalitarismo marxista) trabaja para desmantelar el sistema político-económico colombiano. Sin embargo, Iván Duque no parece ver ese asunto. Para él, si escuchamos bien lo que expuso en la larga entrevista, lo de Colombia son sólo problemas de “sesgos ideológicos”, y una dificultad “de seguridad”, que se puede tratar con medidas de policía. “Hay que recuperar la confianza en materia de seguridad para que podamos tener inversión”, fue la frase más audaz que le oímos.

Cuando su interlocutor insistió en que detallara las “medidas inmediatas” en caso de que llegara al poder, Duque reincidió: su primera tarea será lograr la “recuperación económica” del país. Asombroso.  Eso podría ser razonable en un país diferente que no está en vísperas, como el nuestro, de caer en manos cubano-venezolanas. La prioridad real de Colombia es política: cómo salir del cerco mortal que el totalitarismo le ha tendido. Prometer remiendos económico-fiscales, impulsar paliativos consumeristas e innovaciones societales, cuando una minoría castrista ha paralizado el Estado y está asaltando con éxito el poder, es darle la espalda a la realidad y dejarle manos libres a los depredadores.

Integrar los parámetros reales de la situación y nombrar el enemigo principal, el que está atacando nuestros intereses vitales, y decir cómo organizar la respuesta para que la nación salga victoriosa, es lo que algunos esperábamos de esa entrevista. Duque lo que hizo fue hacer un despliegue de retórica econométrica superficial, tipo BID, útil quizás pero en otras circunstancias.

Al día siguiente de esa entrevista ocurrió una cosa curiosa: la revista anti uribista por excelencia, Semana, que ha colaborado en los golpes más duros contra el Centro Democrático (no es sino recordar lo que hizo esa publicación durante la ofensiva de Santos contra la candidatura presidencial de Oscar Iván Zuluaga), puso en línea un elogio sin par de Iván Duque: lo presentó como el “mejor senador de 2016”, como “una de las caras más visibles y amables del uribismo”. Vaya sorpresa. La revista santista hizo un ditirambo impúdico del senador. Lo erigió en “técnico en temas económicos con mayor visibilidad del país” y subrayó que Duque no se vé como un político “de derecha” sino “de centro”.

¿Qué significa todo eso? Semana pretende convertirse sin duda en el árbitro de las elegancias. ¿La casa Santos va a decir quién es el buen uribista y el mal uribista? ¿Va a rodear a Duque para aislar al ex presidente Uribe? Todo puede ser. Hemos visto cómo en Francia la izquierda socialo-comunista intentó, en vano, pero con mucho empeño, intervenir en la elección del candidato de la derecha. ¿Semana trata de hacer algo parecido? ¿Trata de controlar por esa vía al Centro Democrático?

En todo caso, la víspera de la difusión de ese artículo Duque hizo cabriolas sobre su “visión de Colombia”. ¿Ese es el precio que paga para no perder tal apoyo? Son conocidos los vínculos de Iván Duque con la organización del polémico magnate americano George Soros, eminencia gris y sostén financiero de la campaña de Hillary Clinton (y de Obama en 2008).  Gran gurú de la legalización de las drogas en varios países, y de cambios que apuntan a deshacer la sociedad tradicional, Soros es acusado de ser el causante de la crisis actual del Partido Demócrata. ¿Por qué Semana oculta los vínculos de Iván Duque con la fundación Open Society? ¿Por qué Iván Duque no acepta darle explicaciones al CD sobre ese aspecto obscuro de su trayectoria personal?

Son preguntas que la prensa debería hacerle para que no se queden en el limbo.  Pero atención: Iván Duque optó hace rato por responder a sus críticos acusándolos de todo, sobre todo ser de “extrema derecha” o “fascistas” y montándoles, por la espalda, campañas de persecución solapada. Ese feo método y esa detestable actitud no es la manera de comportarse ante el pueblo uribista, ni ante su muy respetado y patriótico partido Centro Democrático. 

Publicado en Columnistas Nacionales

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