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Eduardo Mackenzie                                        

En nada terminó la reunión de hoy entre el ex presidente Álvaro Uribe, el Papa Francisco y el presidente Juan Manuel Santos. La precipitada cita que las tres personalidades se habían dado en Roma, por instigación del secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolín, y el procurador electo colombiano, Fernando Carrillo, no dio fruto alguno. La “victoria para la iglesia católica” que algunos querían ver a la salida del encuentro se evaporó en pocos segundos.

El Sumo Pontífice perdió así, de nuevo, una oportunidad para ayudar efectivamente al pueblo colombiano a superar sus graves dificultades con las Farc. Según un twitter de Francisco al final de la reunión, detalle confirmado por La FM Radio, el Papa hizo énfasis en un punto: “El perdón es el signo más visible del amor del Padre que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida”.

Tal enfoque, encomiable en principio, suena, sin embargo, muy desfasado respecto de las espinosas cuestiones concretas que se discuten hoy en Colombia, donde el problema de la paz con el narco-terrorismo de las Farc y sus aliados no es una cuestión de moral, ni un tema religioso, terrenos donde el perdón cristiano puede jugar un papel positivo.  En Colombia el problema es, por el contrario, eminentemente político y de Estado, y ante eso la única vía para encontrar una solución que alcance un consenso nacional duradero es la justicia, la justicia de los hombres, noción muy diferente de la del perdón.

Si lo que el Papa quiso hacer valer en la entrevista con los dos jefes políticos era que los colombianos deberían perdonar los crímenes de masa cometidos por las Farc para que todo se arregle, el jefe de la Iglesia Católica cometió un error de angelismo, para decir lo menos.

El presidente Uribe había sido claro con Francisco desde el comienzo de la conversación privada entre ellos dos, antes de la llegada de Santos. En declaraciones a la prensa a la salida del encuentro, el ex presidente y senador colombiano dijo que él le había explicado al Sumo Pontífice   las posiciones de quienes habían ganado el plebiscito del 2 de octubre de 2016 y delimitado los temas ante los cuales todavía se podía ir en busca de una modificación seria de los acuerdos de La Habana. El líder del Centro Democrático estima que se deben hacer cambios profundos al citado documento, como se desprende del rechazo que ese plan sufrió de parte de los electores colombianos.

El problema es que Santos se empeña en no hacer las modificaciones que piden los partidarios del NO en el plebiscito y solo les propone una vaga discusión cosmética sobre la forma como podría ser “implementado” lo pactado en Cuba.  Dicho pacto está siendo ya aplicado abusivamente aunque el trámite jurídico y político del mismo no haya concluido.

Como Santos sigue paralizado ante su idea de que hubo hasta ahora “dos acuerdos” con las Farc y que el primero había sido “modificado” y aprobado “por el Congreso”, mientras que Uribe no vé que tales “modificaciones” hayan aportado una mejora seria al largo documento Farc-Santos, las diferencias entre los dos jefes políticos no fueron superadas ni reducidas durante el dialogo en presencia del Papa.

No hay indicio alguno de que Francisco, quien antes del plebiscito había enviado señales de que él era partidario del Sí –pues condicionó su eventual visita a Colombia a un triunfo de esa tesis--, haya tratado de convencer a Santos en esa reunión de ceder ante las legítimas exigencias de los partidarios del NO, quienes encarnan, además, la voluntad popular mayoritaria.

La Iglesia confirma, con el episodio de hoy en Roma, que tiene enormes dificultades para jugar un papel útil en la mediación de la paz en Colombia y para recoger la bandera de la concordia nacional. Unas semanas antes del plebiscito, la Conferencia Episcopal colombiana admitió que no había podido llegar a una posición unificada y que no daría una consigna de voto a los electores.

Da la impresión que el Vaticano escogió, en cambio, el campo de Santos y que el encuentro tripartido de hoy en Roma solo buscaba aumentar la presión sobre Uribe para que cediera o retirara sus justas posiciones.

Pero Uribe no cedió. Por el contrario, reiteró que  había puntos “sumamente delicados” que debían ser retirados del fracasado acuerdo de La Habana y que, además, como resumió El Tiempo, “utilizar el ‘fast track’” para  acelerar la aplicación de los acuerdos “es un error”.

El presidente colombiano por su parte no dio su versión personal de lo ocurrido en  ese evento pues tenía una cita, dijo, con el presidente de Italia.

Publicado en Columnistas Nacionales

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