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Juan David Escobar Valencia                              

“Ablanda tu paso. Me parece que la superficie de la Tierra no es más que los cuerpos de los muertos”. Abul-Ala al-Maari, poeta y filósofo nacido en Marrat, Siria, en el 973.

Hoy hace 918 años los habitantes de la ciudad de Marrat, en Siria, luego de semanas de asedio decidieron rendirse ante los cruzados de Raimundo de Tolosa y Bohemundo de Tarento. Meses antes, la ciudad había desestimado la posibilidad de caer en manos de los cristianos, pero el asedio es como esas enfermedades lentas que debilitan hasta que matan.

Luego de abrir la ciudad con la ilusión de la paz, las tropas cristianas irrumpieron quemándola y matando a sus 10.000 habitantes, algunos de los cuales fueron devorados por los hambrientos cruzados, según Alberto de Aquisgrán, cronista de la Primera Cruzada. Confiar ingenuamente en la bondad del enemigo pensando que así se evitará la muerte siempre tiene un desenlace mortal cuando se subestima su naturaleza, cosa en lo que Colombia somos expertos.

Pero las desgracias de Marrat, ciudad en el estratégico eje Alepo-Damasco, no son cosas del pasado. En octubre de 2012 la inacabable ciudad sufría de nuevo a causa del enfrentamiento entre los rebeldes del Ejército Libre Sirio que pretendían arrebatársela a las tropas oficiales de Bashar al-Assad, que la bombardearon intentando inútilmente acabar con la ofensiva rebelde.

Pero como Siria es un símbolo exacerbado de una guerra en la que la población siempre queda en medio del fuego cruzado de múltiples actores, todos con intereses diferentes con algunas coincidencias temporales, Marrat no ha dejado de sentir el olor a muerte. Ahora se encuentra en medio de las disputas entre los rebeldes sirios, el antes denominado Al-Nusra, franquicia de Al Qaeda, el Estado Islámico y el renovado y fortalecido ejército del dictador Bashar al-Assad, que gracias a Putin y sus bombardeos, “supuestamente” para acabar con el Estado Islámico, parece que retomará a Alepo y sus alrededores, todo ello gracias a la ineptitud de un apaciguador como Obama, que como el que tenemos por estas tierras lo que le interesa es firmar acuerdos con dictadores y delincuentes con tal de ganarse medallas en Oslo.

Por una peligrosa costumbre, aunque no es nueva, las sociedades tienen tiempos en los cuales se dejan engañar por disfrazados de palomas y otros dirigentes poseedores de una peligrosísima ingenuidad que venden el apaciguamiento como si fuera lo mismo que la paz. Convencidos que la maldad no existe y es solo un estado temporal que se esfuma con muestras de generosidad de parte de la víctima.

La maldad existe y se aprovecha de quienes creen que por arrodillarse ante ella desaparece. Bien decía el guitarrista Frank Zappa que había que recordar que hay enorme diferencia entre arrodillarse y agacharse.

Puede que para pedir a Dios sea pertinente y algunos hasta para pedir la mano a su mujer lleguen a ese extremo, pero la democracia no se arrodilla y menos ante delincuentes.

El Colombiano, Medellín, 12 de diciembre de 2016

Publicado en Columnistas Nacionales

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