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Saúl Hernández Bolívar                                      

Santos necesitaba con urgencia cualquier remiendo para no llegar a Oslo con las manos vacías y hacer un oso mundial.

David Trimble, ex primer ministro norirlandés y premio nobel de paz en 1998, dijo que ‘No se le puede preguntar al electorado para luego ir en contra de su voto’. Fue un claro mensaje para Santos, quien venía preparando el conejo: el Gobierno simulaba estar renegociando y fingía reconocer que el Acuerdo Final sí era susceptible de mejorías, pero todo era una farsa.

Santos necesitaba con urgencia cualquier remiendo para no llegar a Oslo con las manos vacías y hacer un oso mundial. Era obvio, entonces, que el Nuevo Acuerdo Final no sería otra cosa que una versión remasterizada del mismo mamotreto que fue rechazado en las urnas, como cuando le ponen color a un clásico del cine y sigue siendo la misma vieja película, o sea el Nuevo Viejo Acuerdo Final. Una vez cosido el parche, salió un jovial Juan Manuel, en su ‘Aló, Presidente’, a anunciar que el 'remake' era mejor que el original. Bien dice la escritora y columnista María Clara Ospina, que tamaña actuación es digna de un Óscar: “Santos es el mejor actor del momento”.

También era obvio que lo que sigue es la refrendación en el Congreso. Santos sabe que ese documento mal maquillado volvería a ser rechazado por el constituyente primario: la gente no es boba. Pero para don ‘Juampa’, con tal de lavarles la cara a las Farc, la democracia bien vale una misa. En palabras del periodista suizo Florian Schwab, “Al presidente Santos primero no le gustó el referendo. Ahora no le gustó el plebiscito. Como último, no le gustará la democracia”.

Y es que hasta ahora suponíamos que los demócratas respetaban, ante todo, las reglas de la democracia. El plebiscito se cayó todo, íntegro, completico; De la Calle dijo hasta el cansancio que si ganaba el No no había acuerdo; Santos sugirió que de perderlo, renunciaría, y la Corte Constitucional señaló tajantemente que “en tanto la decisión de los ciudadanos es expresión de la soberanía misma, no puede ser desconocida por el Presidente” (Sentencia C-379/16).

Pero no. Con arrogancia y cinismo, este gobierno se cree con derecho de empoderar a la peor banda criminal que ha habido en este país, otorgándole todos los beneficios imaginables, y etiquetar eso como “la paz”. Hasta el excomandante del Ira Henry Robinson dijo que “entregar curules libres a las Farc es insultar a los colombianos”, pero aun así el Gobierno se ranchó en que el punto de elegibilidad no se podía ni mirar.

Como si no hubiera aprendido mayor cosa de la prematura firma de Cartagena, Santos se apresuró de nuevo a rubricar el Nuevo Viejo Acuerdo en expedita ceremonia en la que se nos anunció un gobierno de transición, como si el de Santos hubiera sido cualquier otra cosa. Sabe ‘Timochenko’ que si no atajan a la oposición, se les puede aguar la fiesta. 2018 está encima y para completar este desacierto no tienen mejor opción que abrazarse todos a un mismo De la Calle que termine la tarea.

Dice el escritor y filósofo español César Vidal que “el acuerdo Santos-Farc es una de las peores aberraciones de la humanidad”. Y a falta de bendición popular, Santos se lavará las manos ante lo que pueda pasar con el cuento de que se incorporaron la mayoría de las objeciones de los líderes del No. Un sainete digno del teatro Colón.

* * * *

Fidel Castro es uno de los mayores responsables de la violencia en Colombia, como impulsor y colaborador de todas las guerrillas que nos han desangrado, y es el artífice de que el país más avanzado de Latinoamérica, como lo era Cuba en los años 50, se convirtiera en un moridero del que todos quieren huir así sea echándose al mar. Ese es el legado de este tirano y criminal que no merece glorificación alguna. ¡Muera con él su revolución!

El Tiempo, Bogotá, 28 de noviembre de 2016

Publicado en Columnistas Nacionales

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