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Eduardo Mackenzie                                      

Colombia acaba de dar un ejemplo al mundo de sensatez y de amor a la libertad y al Estado de Derecho.

Los electores han rechazado el pretendido “acuerdo de paz” de Santos-Farc en el plebiscito del 2 de octubre (1). Rechazaron la propuesta de Juan Manuel Santos de que la Constitución democrática sea suplantada por una Constitución “bolivariana” mediante la cual las ambiciones de las Farc (y de la Cuba castrista) amarren el país a un destino de tensión permanente, violencia, miseria y opresión, como en Venezuela. Rechazaron dotar a Santos de los poderes especiales que pedía para “implementar” los acuerdos de La Habana.

Los electores no cedieron ante las enormes presiones propagandísticas del gobierno y de las sectas pro farianas que trataban de hacer pasar el “sí” como la única vía hacia la paz.  Vencieron el temor desatado por Santos cuando anunció que un triunfo del No sería respondido por las Farc con ofensivas de terror en las ciudades.  No fueron paralizados por las amenazas de éstas contra los partidarios del No y contra algunos puestos electorales en provincia el día electoral. 

Contra lo que afirman ciertas agencias internacionales de prensa, el triunfo del No saca al país, momentáneamente, de la incertidumbre generada por los “acuerdos de La Habana”, un documento abstruso de 297 páginas. Si las Farc regresan ahora a sus ataques sangrientos contra Colombia, para vengarse de su derrota en el plebiscito, utilizando o no sus pretendidos “frentes disidentes”, demostrarán que ellas no se habían apartado de esa línea, y  que la suspensión de sus violencias, desde el 29 de agosto pasado, era sólo un elemento para engañar al país e imponerle una revolución por lo alto, con la complicidad abyecta de un jefe de Estado.

Colombia rechazó los acuerdos de La Habana pero no votó por la guerra. Votó por la paz bajo un orden democrático, representativo y pluralista. Votó por una revisión completa de los acuerdos de La Habana. Las Farc querían imponerle a Colombia su modelo de paz basado en la sumisión total del país. El narco comunismo buscaba y busca  la sumisión a un sistema de valores que Colombia siempre rechazó, a lo largo de más de 50 años de resistencia político-militar contra las  ofensivas armadas recurrentes, y bajo diversas formas, del totalitarismo comunista. Ayer los electores repudiaron esa visión absurda de la paz.

La lucha por la auténtica paz sale con energías redobladas gracias al resultado del plebiscito. Si las Farc  desean la paz verdadera que lo demuestren con un gesto simple: sin promesas y gesticulaciones verbales y avanzando rápidamente hacia el desmantelamiento de sus frentes y  el desarme  también de los pretendidos frentes “disidentes”, y entrando a renegociar el abandono definitivo de su programa de terror como política y de su obsesión de destruir, por todos los medios posibles, la democracia y la economía de mercado. Empero, las palabras de alias Timochenko, anoche en Cuba, en las que acusa a los partidarios del No de haber “sembrado  el odio y el rencor” no son buen augurio y demuestran que los jefes narcoterroristas siguen sin entender nada de  este proceso.  Timochenko aseguró que ellos  “reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”.  ¿Quién puede asegurar que esta vez dicen la verdad?

Pese a ello, el triunfo del No tendrá un efecto positivo inmediato sobre las fuerzas, organizaciones y líderes políticos que criticaron y lucharon sin cesar contra el engendro de La Habana. El ex presidente Álvaro Uribe, el gran conductor del movimiento que ganó el plebiscito de ayer, tendrá que ser rodeado más que nunca de la protección y de la solidaridad militante de los colombianos. Su valentía y determinación política jugaron, una vez más, en favor de la lucha por la democracia en Colombia, pero también por la de la martirizada Venezuela y por la de otros países de Latinoamérica que enfrentan idénticos desafíos. Igual se debe decir del expresidente Andrés Pastrana y del ex Procurador General, Alejandro Ordoñez, y de cientos y miles de líderes políticos, sociales, mediáticos, e intelectuales de la resistencia civil contra la entrega del país, quienes se unieron al combate político de Álvaro Uribe y del Centro Democrático para vencer en las urnas los designios de las Farc. 

En cambio, con su actuación, Juan Manuel Santos abrió una brecha en la confianza entre él y el país y eso perdurará en la historia. Contra viento y marea, ignorando y golpeando a la oposición parlamentaria, llevó a Colombia al borde de un abismo. El documento de 297 páginas redactado con las Farc en Cuba  sigue siendo una espada de Damocles sobre la nación, pues ni Santos ni las Farc han declarado que desisten de ese bodrio. Santos había dicho que renunciaría al cargo que ocupa en el Estado si ganaba el No en el plebiscito. Ahora, tras el resultado de las urnas, niega la palabra dada y reitera: “No me rendiré, seguiré buscando la paz”. Pero ya sabemos cómo él busca la paz. Su extraña paz ha sido rechazada por el pueblo en una batalla política muy clara y difícil. Luego Santos tiene que sacar las conclusiones que se imponen.

Santos ha sido desautorizado por la ciudadanía. ¿Cómo podrá seguir gobernando? Si él no renuncia, su destitución es la continuación lógica de la dinámica creada por el triunfo del No.  El “acuerdo” de 297 páginas es la prueba de que él intentó violar la Constitución actual, imponer otra por vías irregulares (la mesa de La Habana), y que intentó abrirle la puerta, pasando por encima del ordenamiento jurídico, y sin contraprestación alguna, a las Farc para que impusieran su hegemonía ideológica, política, mediática y militar sobre el país.

¿Si eso no amerita una acusación de la Cámara de Representantes ante el Senado qué otra conducta amerita eso?

(1).- Tras el escrutinio del 99,98% de los votos, el “no” obtuvo el 50,22% frente al 49,79% por el “sí”.

 

Publicado en Columnistas Nacionales

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