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Jean-Louis Panné*                                            

En este año de conmemoración del centenario de las dos revoluciones (de febrero y octubre), es probable que la interrogante esencial sobre la historia de ese año en Rusia no sea sometido a reflexión: ¿por qué eso que se anunciaba como una revolución liberadora –el régimen deshonroso de la autocracia zarista derribado en febrero— terminó en el nacimiento de un régimen de dictadura bajo la autoridad exclusiva de un solo partido? 

No son los falsos y pretendidos conceptos como el del “Estado revolucionario con vocación proletaria”, propuesto por  el señor Ducoulombier,  los que ayudan a comprender el sentido trágico de esta historia. Es posible encontrar una visión más rica y  fértil de los eventos históricos entre los novelistas cuya sensibilidad toca más de cerca la realidad de las cosas. Así, al hablar del hundimiento de las autoridades civiles y militares, el testigo y novelista Constantin Paoustovski empleaba esta metáfora: “El Estado se dislocaba como un grumo de barro húmedo”.

Se ha dicho mucho que Febrero  fue una revolución no sangrienta, casi pacífica.  Al menos con una violencia relativamente limitada como se cree que fue la revolución francesa del 14 de julio de 1789. En realidad,  tras la caída del zarismo una violencia hasta ese momento retenida aparece ante todos: ataques e incendios de comisariatos en represalia por la actitud de la policía, ejecuciones sumarias, saqueos de todo tipo. Esa violencia se extendió a toda Rusia como lo recordó en sus crónicas el corresponsal de L’Humanité en Petrogrado, Boris Kritchevski, fundador del partido socialdemócrata y adversario de Lenin.

“…la inmensa provincia de la Rusia europea y de Asia es sacudida constantemente por un verdadero ciclón de anarquía resultado de todo tipo de excesos: desórdenes agrarios que arruinan y destruyen propiedades con cultivos de calidad, saqueos y devastaciones de los centros municipales de aprovisionamiento, de almacenes de alimentos, de calzado, de textiles, sin olvidar el saquero de los depósitos de bebidas alcohólicas y de vino con las violencias atroces que siguen necesariamente a eso. En fin, los pogromos más y más frecuentes que amplían más y más su mancha de infamia sobre toda la extensión de la Rusia revolucionaria pues, desde la revolución, los judíos habían obtenido el derecho de permanecer en todo el país… Y, detalle característico,  los soldados ociosos de las guarniciones y de los depósitos toman con frecuencia parte activa en los disturbios, al lado, obviamente, de los antiguos policías y gendarmes enviados a los ejércitos o simplemente degradados, y también con los condenados a trabajos forzados y delincuentes excarcelados y con ladrones profesionales…

“Sobre todo durante estos últimos días, el ciclón de anarquía tomó proporciones enormes. He aquí una simple enumeración de las localidades y de las regiones afectadas que encontré en  los diarios de un sólo y mismo día, entre el 1 y el 14 de octubre: Astrakan, Saratov, Azov, Odesa, Ostrog, Rjev, Novozybkov, Tiraspol, Bendery, Karasouvazar, Kransnoiarsk, Gloukhov, Ouman, a lo largo de la línea del tren de Vladicaucaso, las provincias de Riazan, de Podolie, de Perm… Sin mencionar los graves desórdenes registrados la víspera y la ante víspera: especialmente los de Kharkov, que fueron en parte pogromos, y el alzamiento agrario que azota la provincia de Tambov” (Petrogrado, 15 de octubre).

De ahí que nos preguntemos: ¿cómo y por qué la sociedad se precipitó en una violencia sin límites, que los bolcheviques fomentaron y explotaron sin vergüenza alguna? “Saquee el que ha sido saqueado”. Lenin retomó esa consigna. Leonid Andreiev, autor de cuentos magníficos y de la crónica Los Siete ahorcados, evoca ese eslogan en su texto de 1919 El Emperador en peligro,  el cual acaba de ser publicado en francés por la casa editorial Interférence. La lectura de Andreiev  nos ayuda a imaginar lo que fueron esos años de caos revolucionario. Un primer texto (de marzo de 1917) sobre la censura en la época zarista, pero que alude también a los años que vendrán, es digno del Discurso sobre la servidumbre voluntaria de La Boëtie. Lo sigue un Veni Creator!, irónico y  mordaz sobre el tema de Lenin a quien ve, desde septiembre de 1917, dispuesto a tomarse el poder. Andreiev comprendió perfectamente que el desprecio de Lenin por la ley es uno de los fundamentos futuros de un régimen donde el secretario general del partido comunista dominará al pueblo ruso.

En su desesperanza lúcida, Andreiev invita a los Aliados a actuar pues él estima que son el último recurso para liberar a Rusia: SOS (febrero de 1919). Ese texto fue publicado en París en 1919 bajo el título de Au Secours!, con un prefacio de Vladimir Bourtzev, el célebre revolucionario de desenmascaró al agente de la Okhrana –lo que Lenin se atrevió a negar hasta la revelación del juego de Malinovski encontrado en los archivos zaristas tras la caída de la autocracia.

“Los Aliados no saben lo que son realmente los bolcheviques a quienes invitan a diálogos amistosos…”, escribe Andreiev, lleno de amargura por eso y por la actitud de esa gente que ha olvidado o finge olvidar las “actuaciones inhumanas de los bolcheviques”. Andreiev quiere creer todavía en una actitud moral ante “la revuelta cuyo abrazo mortal ya sofocó la revolución en Rusia, que la sofoca en Alemania y que, hoy o mañana, va a convertir a toda la Europa […] en el teatro de una carnicería y de un saqueo generalizado, de una guerra de todos contra todos”. Si él se revuelta contra “la impunidad de los asesinos”, él está aún más furioso por la actitud de los Aliados a quienes les reprocha asumir la actitud de Poncio Pilatos.

Andreiev nunca fue partidario de la autocracia. Todo lo contrario, él fue encarcelado en 1905 y amenazado de muerte por las Centurias Negras, organización para-estatal antisemita. El creía en la liberación del pueblo ruso. Por eso el cuarto texto de la recopilación, intitulado Europa en peligro, escrito en 1919 pero dejado sin concluir –Andreiev murió súbitamente el 12 de septiembre de 1919—es sumamente interesante.  Haciendo la diferencia entre revuelta y revolución, él considera que ambas vienen de la misma fuente, emplean los mismos procedimientos violentos, pero son diferentes en la medida en que la revuelta es un “principio elemental carente de pensamiento”, que ignora el futuro, mientras que la revolución “lo pensado que se insurrecciona”,  tiene por “meta verdadera y suprema no aplastar ni desperdiciar, sino multiplicar los tesoros de la tierra”. Acerca de los actores de esa recaída en el caos, él agrega: “Si todos los bolcheviques no son desalmados, todos los desalmados de Rusia se han vuelto bolcheviques”, poniendo el dedo sobre un fenómeno aún mal conocido: la convergencia entre las Centurias Negras y los bolcheviques y la reutilización por el poder leninista de los esbirros del zarismo (como el autor de Los Protocolos de los Sabios de Sion), lo que constituye un precioso indicio sobre la naturaleza de ese régimen…

Es cierto, se puede ver esa distinción como artificial pero, a mis ojos, ello nos hace pensar precisamente en lo que describía Kritchevski sobre ese movimiento de destrucción sin límite que los socialistas de todas las obediencias no lograron yugular para que fuera salvada la democracia en Rusia. En ese marco, el bolchevismo es una cosa aparte: “…odiosa amalgama de revolución y de revuelta, de libertad y de tiranía, el bolchevismo levanta con orgullo, por encima del pueblo, su jeta horrible de travesti y se proclama el único dios verdadero de la revolución”, escribe Andreiev.

En ese texto que invita a la reflexión, Andreiev aborda el tema de la perversión del vocabulario y, por lo tanto de la lengua,  que será implementado por el bolchevismo triunfante quien “desde su llegada al mundo [ha sido] la imagen misma de la duplicidad y de la mentira” y que “con un cinismo digno del mismo Satán o de un débil mental […] le dio el nombre de Pravda a su primer diario, es decir la Verdad”. Que es lo que anunciaba Zamiatine y después Orwell…

* Traducido del francés por Eduardo Mackenzie. Publicado en: Revista Histoire & Liberté, Nanterre, Junio de 2017- Publicado con autorización del autor.

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