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Introducción de Pedro Burelli

Antecedentes

Discurso de monseñor Diego Padrón pronunciado ayer, 7 de los corrientes, durante la inauguración de la Asamblea Plenaria del Episcopado Venezolano. Su verbo encendió de granate la cara del Nuncio Apostólico, mientras los asistentes le aplaudían sostenidamente. A raíz del mismo, hoy y mañana habrá cabildos abiertos en la Iglesia Maronita Griega de La Florida para recabar la realimentación de otros sectores representativos del pueblo venezolano, a fin de lanzar una PASTORAL para el domingo que viene, a ser leída en todos los púlpitos del país. Como testigo del ayer, doy fe de que el texto de Monseñor supera en su contenido e intención a la que el Obispo Feliciano González Ascanio redactara y el Arzobispo de Caracas, Rafael Ignacio Arias Blanco, convirtiera en Pastoral el 1° de mayo de 1957, sirviendo como catalizador para el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

Este discurso de Monseñor Padrón es coherente con la historia de la Iglesia Católica Venezolana:

“En este 2017, incierto, grave, amenazante, sin un horizonte esperanzador, se alza la palabra cierta, valiente y cristiana de la Iglesia, para devolverle a Venezuela su condición de nacion libre, soberana, independiente, demoCratica. autónoma y despojada de la ingerencia politica-ideologica del fracasado modelo marxista-comunista-chavo-cubano, cuyos gravísimos daños a través de 17 años, van a requerir de todos los tesoneros esfuerzos, voluntades, sacrificios y recursos de esta y las nuevas generaciones, para repararlos.

En nuestro país, el 2016 ha terminado muy mal, con gran desesperanza. El saldo está en rojo en todos los rubros. Casi 29 mil muertes violentas; hambre y falta de comida que solo produce agonías y desnutrición; desabastecimiento de medicinas, que provoca decesos y reaparición de epidemias; más de 120 presos políticos injusta e ilegalmente privados de libertad; corrupción generalizada, ataque sistémico a la empresa no oficial y a los medios de comunicación independientes, la inconsulta, violenta e inconstitucional ideologización de la educación; los intentos de anular a la Asamblea Nacional; el cierre del camino electoral; la crisis financiera y últimamente, la improvisación y confusión con el uso y desuso de la moneda de mayor valor que creó gran incertidumbre y angustia en la población, sobre todo entre los más pobres.

A este resumen de equivocadas políticas debo añadir, al menos, tres experiencias, diversas en su modalidad, pero convergentes en su potencial de revelar el deterioro de la calidad humana y de la convivencia social y, en consecuencia, su carácter interpelante: la masacre de Barlovento, los saqueos y el vandalismo en Cumaná, Ciudad Bolívar y otros lugares y el asalto al Monasterio Trapense en Mérida, junto con el robo y amedrentamiento a los monjes, empleados y visitantes. Todo ello ejemplifica una verdad patente, elemental y conclusiva: en la historia venezolana de los últimos cincuenta años – si no más– los ciudadanos no habíamos atravesado una etapa tan dura, incierta e injusta.

No obstante, en el mismo panorama nacional del año, el acontecimiento más positivamente sobresaliente ha sido la elección de Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo para Cardenal de la Iglesia. Esta honrosa designación al actual Arzobispo de Mérida lo convierte en un actor de las decisiones de mayor envergadura en el pontificado romano. Ha pasado a ser oficialmente uno de los consejeros inmediatos del Romano Pontífice. A partir de ahora, sus opiniones y actuaciones tendrán resonancia mundial. Venezuela toda ha salido ganando. El es un atleta del Espíritu, de la dignidad, de la libertad y la verdad. Un experimentado defensor del hombre y de sus derechos, en cualquier escenario, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Para la Iglesia venezolana este nombramiento ha sido una designación que nos enorgullece, pues –como dice el apóstol Pablo– en un cuerpo, cuando un miembro sufre, todos los demás sufren, y cuando un miembro es honrado, todos los demás se felicitan (Cf 1 Co 12,26). Ha sido un regalo del Papa Francisco a toda la Iglesia y para toda Venezuela. Por eso los venezolanos le estamos inmensamente agradecidos y rezamos ahora con mayor fervor por él. Ha sido, además, una evidente ratificación de las líneas de acción social evangelizadora de la Conferencia Episcopal Venezolana.

Ha sido también motivo de honda satisfacción para nuestro gentilicio y nuestra Iglesia, la elección del P. Arturo Sosa Abascal s.j., para el cargo de Prepósito General de la Compañía de Jesús y primer sucesor de San Ignacio de Loyola que no proviene del continente europeo.

El Padre Arturo, antiguo Provincial y Rector de la Universidad Católica del Táchira, reputado investigador y docente de la realidad política venezolana, es nuestro amigo y hermano. El cuenta con nuestro afecto, nuestro reconocimiento y nuestra oración. Como broche de oro, su elección ha coincidido con la clausura del Año Centenario de la reinstalación de la presencia de la Compañía de Jesús en nuestra tierra.

Durante los últimos meses del año ocupó la cartelera el tema del llamado diálogo, tras un prologado in crescendo de las tensiones políticas, pero, sobre todo, con un trasfondo de progresiva y dramática realidad socioeconómica de carencias, desafueros, improvisaciones y manipulaciones.

Sin distinción de ideologías o credos, la población, los líderes políticos, las Iglesias, las universidades, los medios de comunicación social y las más diversas instituciones solicitaban, de modo apremiante, la apertura de un diálogo entre el gobierno y la oposición. Parecía que todos, incluso el gobierno, estábamos de acuerdo en que ése era el camino para encontrar soluciones a los graves problemas del país. Pero después del reciente intento fallido, a muchos les parece que aquella inquietud era más una manifestación del subconsciente colectivo que una solicitud razonada y una puesta en escena diáfana, estructurada y con voluntad efectiva de llegar a acuerdos y cambios visibles a respetar y poner en práctica de inmediato. Por ejemplo, la liberación de todos los presos políticos.

La Mesa de Diálogo, integrada por cuatro equipos de trabajo, sesionó con altibajos, y, en definitiva, su mecanismo no funcionó. La metodología empleada no condujo a resultados reales evaluables, como se esperaba; predominaron los discursos y las promesas. Pero, sobre todo, el diálogo fracasó, en esta ocasión, por una maligna conjunción de factores: no había entre las partes voluntad sincera de dialogar; no se tomaron las habituales previsiones de definición y organización para disponer medios efectivos en función de fines y objetivos definidos y consensuados, comenzando por el respeto mutuo y el reconocimiento del otro, como muy bien expresó a las partes y a los facilitadores, en carta posterior, el Secretario de Estado Vaticano y anterior Nuncio en Venezuela, Cardenal Pietro Parolin. Su pregunta clave fue y sigue siendo: ¿Dónde están los resultados?

La culpa del fracaso no fue del diálogo en sí, como mecanismo, ni de los facilitadores del proceso, en el que todos tuvieron una cuota, desigual, pero real, de preocupación, trabajo y responsabilidad, en particular, sino de las partes sentadas en la Mesa.

Y es que, en efecto, ambas partes, gobierno y oposición, si bien a título diverso, no asumieron el diálogo en función del país, sino que lo consideraron más bien como una simple estrategia política, útil, no para dirimir los grandes conflictos que afectan a todos por igual, sino para fines particulares, incluso subalternos. A la vista de lo ocurrido, me atrevo a concluir que para el partido oficial y el gobierno, el diálogo fue más bien un instrumento para ganar tiempo y frenar la presión interna y externa, y en concreto, el Referéndum Revocatorio del mandato del Presidente de la República.

Para los sectores opositores, e incluso algunos ex militantes del primer período oficialista y también los llamados ni-ni, fue ocasión para exhibir las innumerables deficiencias, principalmente del Poder Ejecutivo, pero también de los otros Poderes afines o dependientes de él, en materia de derechos humanos, economía, respeto a la autonomía de los Poderes del Estado, en particular del Poder Legislativo, y transparencia en sus ejecutorias.

Algunos políticos y analistas, adversarios o distantes de la Mesa de Diálogo, han querido inculpar a la facilitación de la Santa Sede de haberse dejado engañar por el Gobierno y de haber enfriado los ánimos para la protesta en la calle y para proseguir la ruta del Referéndum Revocatorio, en ese momento, a medio camino. Otros han querido descalificar a la Conferencia Episcopal, atribuyéndole también una voluntad de apaciguamiento de las movilizaciones, y otros han ido más allá, pretendiendo descalificar al facilitador enviado de Roma, e incluso al propio Papa Francisco.

Sin descartar que siempre es posible obrar con mayor oportunidad, resulta fácil, aunque atrevido, hablar a posteriori y desde fuera; pero bordea la irresponsabilidad y hasta la mala fe pasar del juicio de actos a la imputación de intenciones y la condena de personas. Es un caso emblemático de exigencia del examen de la conciencia moral y de una conversión intelectual y espiritual.

Frente a esa falsificación de los hechos, es importante recordar, aunque sea someramente, la verdad histórica: el responsable primero y principal de que no se haya realizado el Referéndum Revocatorio en 2016 es el gobierno nacional que, temeroso de someterse al veredicto popular, utilizó alguna indecisión opositora, pero, sobre todo, subterfugios judiciales y la mayoría que tiene en el Directorio del Consejo Nacional Electoral para secuestrar, sin fecha límite, la convocatoria del Referendo, es decir, para denegar de facto el derecho del vueblo al voto en ejercicio de su soberanía.

Hay cuatro fechas que todo venezolano tiene que tener muy claras: el 20, 22, 24 y 30 de octubre. El 20 el Gobierno negó toda posibilidad al Referendo, el 22 se produjo el asalto violento a la Asamblea Nacional, el 24 llegó al país el representante del Papa, Monseñor Emil Paul Tscherrig, y el 30 se produjo la primera reunión del hasta ahora frustrado diálogo nacional. Dicho de otra manera, el secuestro del diálogo se produjo 10 días antes de la instalación de la mesa y sus cuatro equipos.

Inculpar a la Santa Sede o a los partidos políticos de oposición como supuestos responsables de que no se haya favorecido la convocatoria efectiva del Referendo, no sólo es incierto, sino que le quita el peso de la responsabilidad histórica al único responsable real: las autoridades del gobierno nacional y sus operadores electorales y judiciales.

Por otra parte, denigrar del diálogo en sí, como procedimiento de solución de conflictos, es un error político, histórico, sociológico, filosófico, estratégico, pero antes y aún más, una falta de comprensión de lo que es el ser del hombre, una negación del sentido y valor de la relación humana fundamentada en la palabra compartida, pues los seres humanos somos constituidos humanos por la palabra, y es también una actitud antiética en cuanto representa implícitamente un rechazo a la palabra como vehículo de comunicación y comunión, como instrumento de convicción y verdad, y como paradigma de la expresión de libertad.

Estoy convencido de que más temprano que tarde los líderes políticos, para sacar a este país de la crisis que lo está destruyendo, invocando la democracia, tendrán que recurrir, en nombre de la democracia, al diálogo, la negociación y los acuerdos, únicos antídotos frente a la irracionalidad de la fuerza, la corrupción y la violencia, símbolos por excelencia de los peores males de esta sociedad.

En ese marco, por honestidad y deber de justicia, los jefes de algunos partidos de la oposición deberían admitir que en los días del diálogo no se comportaron a la altura de las circunstancias. No quisieron retratarse hablando con un gobierno que nunca ha dado garantías reales de cumplir lo que promete. Prefirieron preservar sus candidaturas personales de todo riesgo político-electoral. Pero este comportamiento táctico no los libra de su responsabilidad frente al pueblo.

También a este intento de diálogo ineficaz le faltó, en esa fase al menos, el apoyo decidido y oportuno, de la ciudadanía y, más aún, de la sociedad civil organizada. La tentación desgraciadamente recurrente tanto de las instituciones civiles y democráticas como del común de los ciudadanos, es escurrir el bulto, evadir la propia responsabilidad y fomentar la antipolítica, haciendo caer el peso de todos los errores sobre los partidos políticos, aislados o integrados en alguna organización o alianza e incluso sobre la propia actividad política como instancia de convivencia en sociedad, y realización personal de servicio del bien común.

Pero, al mismo tiempo, las organizaciones políticas, sus militantes y la ciudadanía en general tienen que reconocer que no pueden alcanzar dichos fines, de modo pacífico, constitucional, democrático y electoral, sin la participación coherente y articulada de las instituciones, incluida la militar, cuyos miembros todos, como integrantes del pueblo soberano, tienen derecho al sufragio electoral, dentro del respeto a las funciones que la norma constitucional y las leyes les asignan y por las cuales se responsabilizan. ¡En este proceso no se puede excluir a ningún sector!

En nuestra sociedad, concebida como un amplio bosque, cada sector, a manera de árboles, tiene sus propios planes; es necesario cambiar de metodología de acción. Pasar de la metodología individual o tribal de conuco a la de articulación de esfuerzos, modelos y proyectos. Las condiciones de los sujetos llamados a integrar una tal sinergia institucional son: honestidad en las actuaciones, promoción y respeto de los derechos humanos, defensa de la democracia y búsqueda del bien común.

En este sentido, la Conferencia Episcopal renovará en los próximos días, como ejercicio de servicio subsidiario al pueblo, su exhortación a todos los sectores del país a traducir en programas, acciones y recursos, algunas líneas básicas, positivas, incluyentes y prospectivas, de una propuesta democrática, constitucional y pacífica, para la superación política de la grave crisis que nos agobia.

Conclusión

En la historia del país ningún gobierno había hecho sufrir tanto, por acción y omisión, al pueblo como el que ahora administra formalmente las funciones. El desabastecimiento dramático de alimentos y medicinas es la negación palpable de una economía sana. La inseguridad y la violencia incontrolada es la negación de la capacidad de gobernar con justicia y orden. La corrupción y la injusticia sistemática imperantes son la antítesis de la honestidad y la verdad. El control absoluto de las finanzas, del derecho a la libre expresión y la persecución contra la disidencia son la negación de la confianza, la libertad y el diálogo.

Lo anterior, más los intentos por vulnerar la memoria de pertenencia a una comunidad histórica y fundamentalmente una, el irrespeto a la dignidad inalienable de todos y cada uno, así como del derecho y deber de participar en el diseño y concreción de un presente común y de un futuro de esperanzas compartidas, configuran una desfiguración ética y espiritual intolerable.

La Conferencia Episcopal y cada Obispo en su diócesis a lo largo de año 2016 no cesó de ofrecer una visión realista de la situación global que caracteriza al país en el momento. De muchas maneras llamó a los dirigentes sociales y políticos a pensar en el país antes que en parcialidades. Denunció sin ambages todas las formas del mal que dañan a la sociedad. Promovió el diálogo político entre el gobierno y la oposición, y solicitó al Ejecutivo autorización para abrir un canal humanitario. Cáritas Nacional ha ofrecido su infraestructura para coordinar el servicio de distribuir medicinas, servicio que, en pequeña escala, ya viene prestando.

La Conferencia Episcopal respalda al señor Jorge Cardenal Urosa Savino, Arzobispo de Caracas, en su mensaje de alerta al pueblo católico. El mayor desafío de los Obispos es iluminar con la fe en Jesucristo y en su palabra la historia presente y cooperar con el bienestar material y espiritual del pueblo.

Por todo ello, con enorme pesar, pero con realismo, debemos expresar, serena, pero firmemente, que los venezolanos iniciamos el 2017 sumidos en un caos, es decir, vivimos una real tragedia de consecuencias históricas, que afecta a personas, comunidades e instituciones, y no sólo en su modalidades funcionales, sino también en sus raíces más profundas, a la manera de un verdadero daño humano, social, espiritual.

En este 2017 no podemos, sin embargo, dejar que nadie ni nada nos robe la esperanza; este no es momento para alimentar la depresión. La desesperanza no cabe en quien confía en el ser humano, porque él es criatura redimida por Cristo. El es nuestra esperanza radical. No todo está perdido, mientras haya una ciudadanía consciente, con la fe y la esperanza activadas, capaz de diseñar y emprender nuevos y mejores rumbos. Como nos dice el Papa Francisco no tengamos cara de velorio o cementerio, sino de fuerza transformadora de la realidad.

El llamado final es a desarmar los espíritus, a desplegar una creatividad solidaria, y a mantener la esperanza contra toda esperanza, (Rom. 4,18), porque la última palabra le corresponde siempre a la vida y la justicia, la verdad y el amor.”

(Panorama Nacional Mons. Diego Padrón, Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana. Enero 7, 2017)

Publicado por: Pedro M. Burelli | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado en Politica

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